Hola Jesús!
Con este calor, y donde cada uno está donde está, yo no quiero pensar o imaginar los que en este domingo pensarán los fieles en la Eucaristía, sobre todo cuando el Presbítero “Proclame el Santo Evangelio”, y escuchen tu pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Y estoy seguro que habrá muchas, mejor muchísimas preguntas, y sobre todo muchísimas respuestas de todo tipo. Y la verdad es que podemos ignorarlas, como ignoramos lo que no nos interesa; podemos entenderla como dirigida a aquellos discípulos que, en aquel tiempo, iban con Jesús, pero no a nosotros, que no nos consideramos -tal vez nadie nos ha dicho que somos- discípulos de Jesús; podemos entenderla como pregunta que Jesús nos dirige hoy a nosotros, y que respondemos desde el catecismo, desde el Credo que recitamos cada domingo, o desde lo que hemos leído en algún libro sobre creencias piadosas; y podemos también entenderla como pregunta que Jesús nos dirige a nosotros, y que hemos de responder desde nuestra vida.
Si se da desde la vida, esa respuesta deja de ser igual para todos, y empieza a ser única para cada uno de nosotros. Y tal vez como el bueno del apóstol Pedro “digamos”: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Si busco, ahora, en el secreto de mi corazón, mi respuesta personal a la pregunta que hoy se nos hace a todos, puede que sólo sepa decir palabras que he aprendido en el regazo de la Iglesia, palabras que todos hemos aprendido, palabras de la única fe que todos profesamos, pero que, a lo largo de la vida, se han ido llenando de significado propio para cada uno de nosotros: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”; tú eres mi Señor, mi Dios; tú eres el Pan de la vida, que ha bajado del cielo; tú eres el camino, la verdad y la vida; tú eres la resurrección y la vida; tú eres nuestro salvador, nuestra paz, nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestra gloria…
Y podría añadir: Tú eres aquel a quien siempre busco en el secreto de la oración, dentro del corazón, en el trabajo de cada día… Tú eres aquel por quién siempre pregunto en la oscuridad de la noche…; Y tú Señor: “¿Quién soy yo para ti?”, y no es porque no haya respondido a la pregunta, sino porque todavía no has conseguido que me fijara en ti. Me lo has preguntado en la Eucaristía, mientras escuchaba tu Palabra y cuando nos encontramos en la Comunión. Pero incluso en la quietud de la celebración sacramental, no tuve dificultad alguna para reconocerte y tratarte con respeto y admiración con gratitud…
Pero cuando me lo has preguntado en la calle: “¿quién soy yo para ti?”, allí, mi Señor, mi Dios, no te reconocí… Allí, sólo vi a un invasor, allí te señalé como una amenaza, y fui diciendo a todos que eras un violador, un ladrón, un violento, un mafioso, un vago… un ilegal, un irregular, un clandestino… y pedí armas para rechazarte, y normas que me permitan impedirte poner un pie en mi tierra que es mía y de nadie más…, porqué tengo que ver y oír, que miles y miles han entrado en nuestras tierras…, y vienen por agua, por tierra… y vienen sucios, mugrientos, arapietos…, y no lo entiendo ¿será que no me metido en el “pellejo” de esa persona de “color”…, y Tú, Señor te metiste en nuestra humanidad, tomaste nuestra “piel” del color que sea…, y te querían “matar”…, y María y José, contigo y por ti, se hicieron “migrantes”…, y huyeron buscando otra tierra que los acogió, era Egipto, y allí vivisteis pobres, muy pobres…, hasta que pudisteis regresar a Nazaret, a tu país Israel, donde al final tu mismos hermanos te crucificaron…, y más tarde vino un “pequeñuelo”, un “Poverello” como Francisco de Asís… que cantaba “¡Loado seas mi Señor por la Madre Tierra…!”
Y yo, bautizado en tu nombre Señor, no me acerqué a ti para limpiar tu rostro ensangrentado… Yo, puede como pequeña “Ovejuela Dei”, ser dócil del redil eclesial, y sólo pedí volver a verte, volver a saber de ti, Jesús mío… que te devuelvan al lugar de donde has venido… Que venga el ejército para prevenir la amenaza que tú representas para los buenos cristianos de nuestros templos, para los buenos ciudadanos de nuestras calles. Pero todavía no he caído en la cuenta de que hoy, en los pobres -en los migrantes de todas las fronteras- es Cristo quien nos pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Y algo me dice que, mientras en los pobres no honremos el cuerpo de Cristo, la fe sólo será para nosotros motivo de condenación… de que la pasión se repite, y a confabularse para prender y condenar a Jesús somos siempre los mismos.
Y quisiera sólo parecerme un “poquitín” al apóstol Pedro, y postrarme delante de Ti y decirte con los ojos llenos de lágrimas: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”
¡“Jesús quién eres para mí”!
