Octubre 3
Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y discípulos – bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar, pues viviendo aun entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia - vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla.
(1C 112, 113)
A la vista de todos resplandecía tan maravillosa belleza; su carne se había vuelto más blanca; pero era sorprendente contemplar, en el centro de manos y pies, no vestigios de clavos, sino los clavos mismos, que, hechos de su propia carne presentaban el color oscuro del hierro, y el costado derecho tinto en sangre.














