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Ordenaciones en la Provincia: Fray Israel y Fray Agustí

La Provincia de la Inmaculada vive con profunda alegría y gratitud al Señor la próxima ordenación de dos hermanos, signo de que Dios sigue llamando y enviando obreros a su mies.

El próximo 14 de febrero de 2026, a las 11:30 horas, Fray Israel recibirá la ordenación sacerdotal y Fray Agustí será ordenado diácono, en una celebración que tendrá lugar en la capilla del Colegio La Inmaculada de Cartagena.

Este acontecimiento constituye un don inmenso para nuestra fraternidad y para toda la Iglesia, y es motivo de acción de gracias por la fidelidad del Señor que continúa suscitando vocaciones al servicio del Reino.

Como Provincia, nos unimos en oración para pedir que el Espíritu Santo los fortalezca en este nuevo paso de entrega total, los sostenga en su ministerio y los colme de fidelidad, alegría y disponibilidad al Evangelio.

Asimismo, invitamos a todos a acompañar y compartir este momento tan significativo, participando en la celebración y difundiendo esta buena noticia, para que juntos podamos alegrarnos porque el Reino de Dios sigue creciendo entre nosotros.

Encomendamos a Fray Israel y Fray Agustí a la intercesión de la Virgen María y de nuestro Padre San Francisco, deseándoles un fecundo camino de servicio en la Iglesia.

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La familia franciscana de Córdoba inaugura con gozo el Año Jubilar Franciscano

La iglesia de las Hermanas Capuchinas de Córdoba acogió este domingo la solemne apertura del Año Jubilar Franciscano, una celebración que reunió a toda la familia franciscana de la ciudad en un ambiente de fe, comunión y acción de gracias, presidida por el obispo diocesano, D. Jesús.

Convocada la familia franciscana de Córdoba en la iglesia de las HH. Capuchinas, ha tenido lugar la apertura del Año Jubilar Franciscano en la ciudad. El acto se celebró al inicio de la eucaristía, presidida por el obispo diocesano de Córdoba, D. Jesús, y concelebrada por el vicario de la Vida Consagrada, el presidente de CONFER, el párroco de San Agustín y varios hermanos franciscanos.

A las 18.00 horas se congregaron, en un templo repleto de fieles y bellamente adornado por las hermanas capuchinas, todos los representantes de la familia franciscana, tanto de la primera, segunda y tercera orden, junto a otros miembros de hermandades, colegio y parroquia franciscana.

D. Jesús abrió solemnemente la Puerta Santa, indicando que la apertura de este Año Jubilar ha sido «un regalo que el Señor ha concedido hoy a la Iglesia». Un tiempo de gracia, concedido por el Papa León XIV, en el que recordó la figura de san Francisco como «el pobre de Asís, el santo universal», que hace ocho siglos «abrazó a la hermana muerte en el encuentro definitivo con Jesucristo».

La celebración estuvo animada por el coro de la Hermandad Franciscana de la Soledad, cuyos cantos ayudaron a vivir con mayor devoción este momento lleno de gracia. Al final de la celebración, D. Jesús declaró otros tres templos jubilares en la ciudad: el Convento de los Capuchinos, el convento de las Hermanas Clarisas de Santa Cruz y la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe.

Tras la misa, todos los asistentes pudieron compartir un rato de convivencia fraterna en torno a un rico caldo, preparado con mucho cariño por las hermanas capuchinas.

Familia franciscana de Córdoba. Fotografía: DeLaFuente

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Mensaje del Santo Padre León XIV para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo

La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro

Queridos hermanos y hermanas:

La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú, el 11 de febrero de 2026. Por este motivo, he querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos.

Todos hemos escuchado y leído este conmovedor texto de san Lucas (cf. Lc 10,25-37). A un doctor de la ley que le pregunta quién es el prójimo al que debe amar, Jesús le responde contando una historia: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado por ladrones y abandonado casi muerto; un sacerdote y un levita pasaron de largo, pero un samaritano se compadeció de él, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran. He deseado proponer la reflexión de este pasaje bíblico con la clave hermenéutica de la Encíclica Fratelli tutti, de mi querido predecesor el Papa Francisco, donde la compasión y la misericordia hacia el necesitado no se reducen a un mero esfuerzo individual, sino que se realizan en la relación: con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente, con Dios que nos da su amor.

1. El regalo del encuentro: la alegría de dar cercanía y presencia

Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no “pasó de largo”, sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano «se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo […] le dio su tiempo». Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos. Al respecto, podemos afirmar con san Agustín que el Señor no quiso enseñar quién era el prójimo de aquel hombre, sino a quién debía él hacerse prójimo. Pues nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él. Así pues, se hizo prójimo aquel que mostró misericordia. 

El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don. Esta caridad se alimenta necesariamente del encuentro con Cristo, que por amor se entregó por nosotros. San Francisco lo explicaba muy bien cuando, hablando de su encuentro con los leprosos, decía: «El Señor me llevó hasta ellos», porque a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar.

El regalo del encuentro nace del vínculo con Jesucristo, al que identificamos como el buen samaritano que nos ha traído la salud eterna, y al que hacemos presente cuando nos inclinamos ante el hermano herido. San Ambrosio decía: «Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémoslo viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo». Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y gozar, así como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado.

2. La misión compartida en el cuidado de los enfermos

Prosigue san Lucas diciendo que el samaritano “se conmovió”. Tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y lleva al compromiso con el sufrimiento ajeno. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acerca, cura, se hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, «el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades». Yo mismo he constatado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cómo muchas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Los familiares, los vecinos, los operadores sanitarios, los agentes de pastoral sanitaria y tantos otros que se detienen, se acercan, curan, cargan, acompañan y ofrecen de lo suyo, dan a la compasión una dimensión social. Esta experiencia, que se realiza en un entramado de relaciones, supera el mero compromiso individual. De este modo, en la Exhortación apostólica Dilexi te no sólo me he referido al cuidado de los enfermos como una “parte importante” de la misión de la Iglesia, sino como una auténtica «acción eclesial» (n. 49). En ella citaba a san Cipriano para ver cómo en esa dimensión podemos verificar la salud de nuestra sociedad: «Esta epidemia que parece tan horrible y funesta pone a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu de los hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los siervos enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que imploran». 

El ser uno en el Uno supone sentirnos verdaderamente miembros de un cuerpo en el que llevamos, según nuestra propia vocación, la compasión del Señor por el sufrimiento de todos los hombres. Es más, el dolor que nos conmueve, no es un dolor ajeno, es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo al que nuestra Cabeza nos manda acudir para el bien de todos. En ese sentido se identifica con el dolor de Cristo y, ofrecido cristianamente, acelera el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos.

3. Movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano

En el doble mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» ( Lc 10,27), podemos reconocer el primado del amor a Dios y su consecuencia directa con la forma de amar y relacionarse del hombre en todas sus dimensiones. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como asevera el apóstol Juan: “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. […] Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” ( 1 Jn 4,12.16)». Aunque el objeto de ese amor sea distinto: Dios, el prójimo y uno mismo, y, en ese sentido, los podemos entender como amores distintos, estos son siempre inseparables. El primado del amor divino conlleva que la acción del hombre sea realizada sin interés personal ni recompensa, sino como manifestación de un amor que trasciende las normas rituales y se traduce en un culto auténtico: servir al prójimo es amar a Dios en la práctica.

Esta dimensión también nos permite contrastar lo que significa amarse a sí mismo. Supone alejar de nosotros el interés de cimentando nuestra autoestima o el sentido de nuestra propia dignidad en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje y recuperar nuestra propia posición ante Dios y ante el hermano. Decía Benedicto XVI que «la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios».

Queridos hermanos y hermanas, «el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno, que tiene su raíz en el amor de Dios». Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, “samaritana”, incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por ese amor divino, podremos realmente entregarnos en favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos.
Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión con esta antigua oración, que se rezaba en familia por quienes viven en la enfermedad y en el dolor:

Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.

Imparto de corazón mi bendición apostólica a todos los enfermos, a sus familiares y a quienes los cuidan, a los trabajadores del ámbito sanitario, a los agentes de pastoral de la salud y muy especialmente a quienes participan en esta Jornada Mundial del Enfermo.

LEÓN PP. XIV
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Encuentro de Oración para Jóvenes en Santa Ana

MIS HIJOS HAN VENIDO ENCANTADOS, Y YO FELIZ. Encuentro de Oración para Jóvenes en Santa Ana

Lo escribía anoche la mamá de dos de los chavales que participaron en el Encuentro, realizado del 6 al 8 de febrero en nuestro convento de Jumilla. Los propios quince jóvenes resumen así su experiencia:

  • ⁠Hay dos fuerzas más poderosas que cualquier otra del universo: el silencio y la fe.
  • ⁠Ha sido un empujón para volver a reconectar con la oración.
  • ⁠En vuestro abrazo cabe todo: amor incondicional, dudas, risas, fe y esperanza. Gracias, frailes. 
  • ⁠He cargado mi batería espiritual y evitado los dramas.
  • ⁠Para mí este encuentro ha sido renovación.
  • ⁠Volver a la sencillez, respirando comunidad, y en manos de Dios.
  • ⁠He vuelto a vivir lo de Santa Teresa: nada te turbe nada te espante.
  • ⁠“Enséñame a orar, a conocer y vivir en comunidad”.
  • ⁠Dios nos mira con amor, pero somos nosotros quien debemos ejercerlo.
  • ⁠Han sido vivencias que todos deberíamos experimentar para comprobar que no estamos solos.
  • ⁠Aquí aprendimos a confiar incluso sin respuestas.
  • ⁠Escuchar una voz interior.
  • ⁠El silencio a veces habla más fuerte que los ruidos.
  • ⁠Silencio y bajada de pulsaciones.
  • ⁠El encuentro con el silencio para mí es normal.

Y uno de los dos jóvenes que prepararon la oración de la tarde, de casi dos horas y profunda y reconfortante, nos escribía así al llegar a Madrid: “Zagales, simplemente gracias a todos por este fin de semana. Acabo de llegar a casa y vuelvo sanado, renovado y reconectado. Pienso que somos muy privilegiados por tener la oportunidad de poder compartir este tipo de momentos, que considero, entre otras cosas, mágicos. Todos me habéis aportado mucho estos dos días, y eso que me llevo. Gracias familia”.

La fraternidad de Santa Ana

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Semana Vocacional Franciscana 2026

¡800 AÑOS DE UN LEGADO QUE NO SE DETIENE! 

No es una fecha en el calendario, es un fuego que sigue ardiendo. En el marco del VIII Centenario de la muerte de nuestro Padre San Francisco, te invitamos a vivir una Semana Vocacional sin precedentes a partir del 8 de febrero.

¿Qué buscas? ¿Qué te mueve? San Francisco encontró su respuesta en el servicio y la alegría. Ahora te toca a ti.

Descarga los materiales que te proponemos:

"Señor, ¿qué quieres que haga?"

"Mira que estoy a la puerta y llamo" (Ap 3, 20). ¿Le vas a abrir?

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Apertura de la Puerta Jubilar. Iglesia de Santiago – Vélez-Málaga

Fiesta de la Presentación del Señor. Vélez-Málaga se desperezaba al son de la copiosa lluvia que el cielo enviaba. Fr. José Ricardo y Fr. Salva trabajaban sin descanso preparando el templo que acogería la apertura simbólica de la puerta en el Año jubilar de san Francisco: luces, velas, balcón engalanado, macetas, y todo lo que destacaba la belleza de Dios en la Jornada mundial de la Vida consagrada. Un pequeño trono, situado delante del altar, cedido para la ocasión por D. José Cabello, portaba la reliquia de san Francisco, incrustada en una tau; el entorno y exorno del conjunto rezumaba la esencia franciscana por todos los lugares, incluso los más pequeños.
A las 19.00 h. el pueblo fue convocado en la Plaza de san Francisco, ante la iglesia que mantenía sus puertas cerradas. El buen Dios quiso que cesase la lluvia y que un sol vespertino iluminase, aún más, al Poverello. Nunca habíamos conocido una respuesta tan masiva por parte de los fieles pues más de 350 personas recibieron su vela para la procesión de las candelas, precedida del canto de un villancico con el que se clausurada el belén situado en el salón de la JUFRA. Con la luz prendida del cirio pascual se inició la procesión, abriendo paso la reliquia, portada por niños y realizando el perímetro del convento por las calles que lo rodean; las Hermandades y Cofradías de la Casa con sus estandartes y varas, y la OFS con su bandera. Llegados a la puerta de la iglesia jubilar, los presbíteros que presidían: Fr. José Ricardo Gallardo, Fr. Salvador Jiménez, Fr. Javier Jubal (fraile de la Custodia de Tierra Santa que presta servicio en una parroquia de Marbella) y D. Fernando José Azuaje Navarro (párroco de san Juan Bautista) invitaron a los fieles a rezar el salmo 23 y, abierta la puerta jubilar, los fieles entraron en el templo cantando el salmo 121. Fue necesario sacar todas las sillas pues no se cabía en el amplio espacio.
En una bellísima homilía, Fr. José Ricardo destaco tres ideas centrales: el deseo de san Francisco de que todos pudiesen experimentar el perdón y la misericordia de Dios; en segundo lugar, explicó el sentido de la indulgencia plenaria como un “comenzar de nuevo” en el camino de la fe y, en tercer lugar, destacó el valor de la vida consagrada. Finalizada la alocución, la comunidad de las Hijas del Patrocinio de María y la Fraternidad franciscana renovaron sus votos, dando un auténtico testimonio de lo que significa saber a quién pertenecen los consagrados.
Terminada la celebración, se repartieron los recordatorios de haber lucrado la indulgencia plenaria, dispuestos para el próximo acto del VIII Centenario, el viernes, 13 de febrero, consistente en una mesa redonda sobre la presencia franciscana en Vélez-Málaga y sus formas de vida: OFM, OSC y OFS.
 Fr. Manuel Domínguez Lama, ofm

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