Casi estamos terminando el Año Litúrgico, y hoy una invitación a leer el Evangelio con "aprecio y amor", aunque no significa dejar de leerlo críticamente. Una "proclamación evangélica", debe ser sensata para que el "evangelio" potencie su contenido espiritual.
Esta parábola de "las diez doncellas" (mejor que "vírgenes") tiene una finalidad "catequética" clara: animar a estar vigilantes esperando la llegada del Reino de Dios, aunque no especifica en qué ha de consistir tal "vigilancia". Pero resulta que, según Mt 18, "los verdaderos hijos del Reino son los que acompañan a los pobres y humildes..." Y cuando en este relato se topan las "prudentes" con la pobreza y necesidad de las "necias" las abandonan a su suerte como si esa situación de necesidad no fuera con ellas.
Efectivamente, en lugar de hacerse "solidarias" con una situación de precariedad (aunque sea por su culpa) se desentienden de quien lo pasa mal. Y no solo eso, "la postura desentendida y egoísta de las "prudentes" queda reafirmada y corroborada por la voz del novio que les grita desde dentro que no las conoce". En lugar de construir un relato de amparo describe, contradiciéndose con todo el evangelio, un relato de "individualismo y desentendimiento". Puede que sea un texto de "vigilancia", pero no de "amparo".
¿No habría sido más coherente con el evangelio habernos presentado la solidaridad con las poco previsoras "necias" con las que, por misericordia, se correría el riesgo de que ni unas ni otras entren en la boda? ¿No habría que haber presentado una boda donde nadie es excluido aunque no tenga aceite, aunque llegue tarde? ¿Cómo hemos de reaccionar ante una situación de necesidad?
Hazte cargo de la situación ajena: los dolores de los demás te incumben. No te puedes desentender dando un rodeo.
No busques culpables, intenta ayudar: porque creemos que dando con un culpable ya está todo arreglado. Lo importante no es saber quién tiene la culpa, sino saber si se está dispuesto a ayudar o no.
Ponte a disposición del necesitado con lo que tengas: di con sinceridad aquello de "¿qué quieres que haga por ti?". Y si puedes hacerlo, hazlo.
Ser solidario es la mejor manera de desembarazarse de la religión del miedo que emplea el desconocimiento de la fecha de nuestra muerte como un arma para generar miedo: "velad porque no sabéis el día ni la hora". "Mira que vas a morir, mira que no sabes cuándo", rezaba la coplilla. Quien entiende que lo importante es ser solidario con el frágil, el débil... Lo que importa no es la fecha, sino el camino de misericordia y de amparo que uno construye. Esto es más importante que una supuesta vigilancia.
La prudencia es, ciertamente, un valor. Pero ojo con ella porque está próxima del desentendimiento y del egoísmo. Más aún, el seguimiento de Jesús tiene un punto de osadía y riesgo que se toma, sobre todo, a favor de otros. Seguir a Jesús implica no querer todo atado y bien atado. El papa Francisco solía hablar de "la valentía de arriesgar" no de la tendencia a ser cauto y moderado. Las "prudentes" no arriesgan nada. No son ni ánimo ni modelo de "solidaridad evangélica".
"Sé solidario, porque el Señor es solidario contigo".
