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El amor de Dios me espera


29 Marzo 2025

¡Hola, amigo Jesús!

Te agradezco mucho esta parábola de hoy, que unos la llaman del “hijo pródigo”, y otros como la parábola del “Padre de la misericordia”, y me gusta más así, Tú, Señor, eres ese Dios, ese Padre misericordioso...; Tú eres el Amor que siempre me está esperando, que siempre nos espera a todos…

Me enseña Dios lo que tengo que saber para vivir en medio de mis aciertos y mis errores… pero ayúdame a vivir con paz, a llevar un poco de paz.

Dicen de ti los fariseos: “Jesús no es de Dios”, porque te juntas con pecadores y ¡hasta comes con ellos!

Ellos querían separar y condenar, justificar sus odios a “los malos” porque se creían los buenos, los religiosos cumplidores... Y gritaban a los cuatro vientos que Dios es como ellos: Dios no se junta con los que ellos no se juntan y condena a los que ellos condenan.

Ah, pero es que eso también lo hemos llegado a decir nosotros: “Dios premia a los buenos y castiga a los malos”, Dios acepta a los piadosos y repudia a los que lo olvidan. ¡Qué barbaridad: nos hemos inventado un dios a nuestra imagen, cruel y castigador como nosotros!

Y llegas tú hoy en este IV Domingo de Cuaresma (Domingo “Laetare”) con esta buena noticia sobre el amor de Dios por cada hijo, sea como sea, haga lo que haga.

Al degenerado, que cayó más abajo que los cerdos impuros, Dios lo espera para cubrirlo de besos y perdones y le restituye en su dignidad perdida. Y al otro hijo, el mayor lo quiere también y mucho, pero te confieso que a mí me repele más.

El hijo mayor representa al religioso sin amor, cumplidor y resentido, y le dice eso tan lindo: “tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo". Y lo invitas a cambiar: “debieras alegrarte conmigo por la vuelta de tu hermano”. Cuantos hermanos de ayer, de hoy y ojalá que mañana menos, son como el hijo mayor: egoísta, malcriado, soberbio…

Amigo Jesús, quiero pedirte un regalo: Porque me reconozco un poco en los dos, haz que me sienta hijo querido por un amor que no me merezco y que nunca podré ganar sino agradecer. Y te pido más. Cuántas veces me has perdonado ¿setenta veces siete? ese pecado tan arraigado en mí de ver la pelusa en el ojo de mi hermano, de mirar con sospecha, descalificar o ignorar al que piensa distinto, al que comete errores o tiene manías, al que juzgo equivocado…

Señor que sepa ofrecer siempre y a todos mi acogida, mi comprensión, o mi perdón si hiciera falta. Y más: Que no me conforme con poner, delante del Padre que me quiere así, oraciones, ritos o mis virtudes; que tenga una relación de tú a tú con él, que no me falten los “te quiero”, Dios mío, los piropos, las alabanzas, el sentimiento hondo y agradecido por tanta bondad.

Decía San Pablo que encontrar a alguien que dé la vida por otro, es difícil. Si el otro es bueno, quizás podría encontrarse. Pero si es torcido, pecador…

Y ¡Amigo Jesús! ahí, tú te luciste: diste la vida por nosotros cuando éramos –somos– pecadores... y para ello tuviste que ser clavado en la Cruz…

Habrá que proponernos en aprender todos los días, pero guiados por tu Espíritu.