La asamblea, “lugar donde florece el Espíritu”

Para conseguir que la estructura y las dinámicas que forman la Asamblea se convierten en la estructura y las dinámicas de la acción eclesial, se entiende que la Iglesia o es comunión o no es el cuerpo de Cristo. O se convierte en lo que recibe, según expresión de San Agustín, o la Iglesia no ha alcanzado su fin. La Tradición apostólica, un documento canónico-litúrgico de alrededor del 215, define la asamblea litúrgica como el lugar “ubi floret Spiritus”: “Cada uno frecuenta la asamblea, el lugar donde florece el Espíritu”.

La asamblea es el lugar donde el Espíritu Santo fructifica es la epifanía de todos los dones que el Espíritu le da a la Iglesia. Todos los miembros de la Iglesia se reúnen en ella: nadie puede ser excluido, porque el conjunto de los dones del Espíritu se da única y exclusivamente en los miembros de la comunidad. Por tanto, conseguir que la práctica litúrgica se convierta en práctica eclesial significa, en primer lugar, señalar que, como en la asamblea litúrgica, nadie hace todo para todos, sino que cada uno hace su tarea, nadie es un espectador, sino que todos confiesan su fe para convertirse en verdaderos concelebrantes de la misma fe, de la misma manera que en la vida concreta de la comunidad cristiana nadie debe hacer todo para todos, sino que todos están llamados a colaborar en la edificación de la Iglesia según el don recibido y según el ministerio que le confió la Iglesia.

En la asamblea, el presbítero es el proestós, el que está por delante de la asamblea porque la preside y guía, pero al mismo tiempo es parte de la asamblea: no está ni por encima ni fuera de la misma, sino dentro. Como Moisés, el presbítero llama a la gente en nombre de Dios, o en su ejercicio cotidiano del ministerio de la palabra hace resonar la Palabra de Dios en su comunidad que habla al corazón de cada creyente. Será, después, la Palabra de Dios la que interpele interiormente al cristiano, llamándolo al encuentro con el Señor y con sus hermanos en la fe. Al igual que Moisés, el presbítero se convierte en ministro de la Palabra de Dios partiendo el pan de la Palabra, haciéndose hermeneuta de las Escrituras frente a sus hermanos. Como Moisés, él dirige la oración de su pueblo haciéndose intercesor del pueblo ante Dios y de Dios ante el pueblo. De la misma manera, en la eclesial, el que es llamado a presidir la comunidad es el que compagina los dones del Espíritu Santo, con la certeza de que nadie posee todos los dones del Espíritu, sino que pocos tienen muchos, pero todos tienen al menos uno, como escribe el apóstol: “A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (1Cor 12,7).

Como en la asamblea litúrgica, el presbítero es el garante de la comunión con la Iglesia local y por medio de ella con la Iglesia universal (por tanto, sólo a través de él la comunidad recibe el cuerpo eucarístico), así en la vida eclesial el presbítero debe ser el garante de la vida real de comunión de su comunidad cristiana, en un ejercicio constante y siempre incompleto de aprendizaje de comunión que involucra a todos los miembros. La comunión se aprende, la vida de comunión se ejerce continuamente. ¿Qué realidad en la Iglesia, además de la asamblea litúrgica, es casa y escuela de comunión? La estructura y la dinámica de la asamblea litúrgica conformarán la vida concreta y ordinaria de la Iglesia cuando no solo la liturgia es eucarística, sino que se continúa “hace” únicamente dentro de la liturgia, sino que se continúa “haciendo” en la vida ordinaria de la comunidad cristiana. En consecuencia, todo lo que tiene lugar en la asamblea eucarística no debe considerarse como una realidad paralela a la vida eclesial, sino idéntica a esta. La praxis eclesial debe alcanzar la misma dinámica y el mismo fin-

No solo con respecto a sí misma sino también respecto al mundo, la Iglesia o es comunión o no es el cuerpo de Cristo. La comunidad de los discípulos de Cristo es su cuerpo, cuando es un signo de comunión para el mundo. En las intercesiones de las plegarias eucarísticas que pueden usarse en las misas por diversas circunstancias, así se reza al Señor: “tu pueblo brille, en este mundo divido por las discordias, como signo profético de unidad y de paz”. Este texto es un ejemplo elocuente de cómo la lex orandi debe convertirse en la ley de la acción de la Iglesia: construir una comunidad cristiana que, en medio de las divisiones del mundo, sea un signo profético de unidad, y, en medio de guerras y conflictos, sea un signo profético de paz. En la misma anáfora rezamos: “Que tu Iglesia sea un vivo testimonio de verdad y libertad, de paz y justicia, para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza”. Cuando los hombres vean en la comunidad cristiana un a práctica concreta de comunión y vean en ella un espacio de perdón, de justicia, donde la caridad es la ley suprema, la vida de la comunidad dará testimonio, incluso sin palabras, de que el amor es más fuerte que la muerte y la muerte ya no tiene poder sobre la vida. Por tanto, de la presencia, o más bien del paso de la Iglesia por la historia, podemos decir lo que Pedro en los Hechos de los Apóstoles dice sobre Jesús: “Pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Comprender la profundidad de lo que significa extender a la asamblea eucarística lo que Ireneo de Lyon dice puntualmente de la Eucaristía: “Nuestro pensamiento está totalmente en concordancia (sýmphonos) con la Eucaristía y la Eucaristía confirma nuestro pensamiento”. Sí, nuestra manera de pensar y actuar como Iglesia está en concordancia con la asamblea eucarística, y la asamblea eucarística confirma nuestra manera de pensar y actuar como Iglesia.

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM.

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