El incienso

Para solemnizar una celebración o para subrayar el tono de una festividad suele utilizarse el incienso, (del latín  incensum, participio de incendere, «encender», que es una preparación de resinas aromáticas vegetales,   a las que a menudo se añaden aceites esenciales aceites de origen animal o vegetal, de forma que al arder desprenda un humo fragante con fines religiosos…).

Pero a veces surge alguna voz abogando por su supresión o afirmando su inutilidad, por considerarlo del tradicionalismo ceremonial. ¿Es el incienso una “humeante” y vacía expresión de una iglesia antigua y anclada en un pasado barroco?

Ante el interrogante anterior es oportuno recordar la pregunta final que se hace R. Guardini al hablar del incienso. Responde el eminente liturgista alemán: “¡Cuánta nobleza en ese colocar sobre las brasas los granos dorado incienso, y en ese humo perfumado que sube del incensario (turíbulo) oscilante! Parece una melodía, hecha de movimiento reprimido y fragancia. Sin utilidad práctica alguna, a manera de canción. Bello derroche de cosas preciosas. Amor desprendido y abnegado. Como allá en Betania, cuando fue María con el frasco de nardo precioso y lo derramó sobre los pies del Divino Maestro allí sentado, enjugándoselos luego con sus cabellos: y de su fragancia se llenó la casa. No faltó entonces un espíritu sórdido que murmurase: “¿A qué tal estipendio?” Pero el Hijo de Dios lo atajó diciendo: “Dejadla, que para el día de mi sepultura lo guardaba” (Jn 12, 7). Misterio de la muerte, del amor, del perfume y del sacrificio. Pues eso mismo acontece con el incienso: misterio de belleza, que asciende graciosamente, sin utilidad práctica: misterio del amor, que arde y se consume ardiendo, y no teme la muerte. Tampoco faltan aquí espíritus áridos que se preguntan: “a qué todo esto.”

El incienso es signo de oración, de espiritualidad, de veneración, de respeto, de acogida, de ofrenda, de elevación, de purificación. El humo perfumado del incienso envuelve a toda la asamblea celebrante, crea adecuado clima oracional y es signo de experiencia mística. La tonalidad de luz que provoca el humo del incienso en el templo sobrecoge en el misterio y da un colorido especial a todos los rostros de la asamblea litúrgica. Con el incienso todo adquiere un brillo tenue celebrativo.

El incienso, que Tertuliano definía como “lágrimas de una planta de Arabia”, no es un simple humo atosigante y casi molesto, que seca las gargantas y hace poco respirable el ambiente sacro. Debe ser producto de planta perfumada, de suave olor y agradable aroma. A los granos de incienso se les puede añadir un perfume natural que aromatice la combustión. Así el incienso puede ser efluvio de suave olor y perfume que hace referencia a la fragancia del Espíritu Santo. Envolverse en el humo del incienso es como respirar un poco los aromas de la vida eterna.

Qué nos dice la Biblia.

En la Biblia el incienso y el perfume están unidos a la ofrenda, a la belleza y a la sabiduría. El uso del incienso perfumado señala cierto paso de la ofrenda de animales sacrificados a la ofrenda de uno mismo, significada por el buen olor del incienso perfumado que sube desde el altar hacia Dios. El altar de los perfumes se diversifica del altar de los holocaustos.

En este punto es oportuno recordar algunos pasajes bíblicos: la bella expresión del salmo 140: “Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde”. Y el pasaje del apocalipsis (Cap. 8º), que no necesita exégesis: “Llegó otro ángel llevando un incensario de oro y se detuvo junto al altar: le entregaron gran cantidad de aromas para que los mezclara con las oraciones de todos los consagrados sobre el altar de oro situado ante el trono. De la mano del ángel subió ante Dios el humo de los aromas mezclados con las oraciones de los consagrados”.

La nube de incienso que se elevaba sobre el altar de los perfumes era símbolo de la adoración a Dios. Y la nube que se formaba en torno al arca de la alianza significaba la reconciliación con Dios.

El incienso en la liturgia.

El uso del incienso tardó en entrar en la liturgia, porque se quería diferenciar y marcar ruptura con el culto de los ritos paganos, con sus usos domésticos para refrescar o higienizar la estancia, y con las expresiones de veneración a los soberanos. Cuando la religión cristiana se convierte en religión del imperio se reintegró el incienso en la práctica ritual de la Iglesia oriental. Ya la peregrina Egeria (siglo IV) ha dejado constancia del empleo del incienso en Jerusalén, para perfumar toda la basílica de la resurrección.

En un principio el incienso es simple ambientación perfumada, adquiriendo posteriormente el significado de honor hacia el papa, el obispo, el evangeliario, etc. Se utiliza junto con el agua bendita para purificar y convertir los templos paganos en lugares cristianos.

Actualmente, en la liturgia renovada por el Vaticano II, son múltiples los momentos en que puede utilizarse:

  1. Abriendo la procesión de entrada:
  2. Al comienzo de la misa para incensar el altar:
  3. En la procesión y proclamación del evangelio:
  4. En el ofertorio para incensar las ofrendas, el altar, al sacerdote y al pueblo:
  5. En la mostración del pan y del vino consagrados en la consagración:
  6. Durante los cánticos evangélicos en Laudes y Vísperas:
  7. En la exposición del Santísimo Sacramento y la conclusión de la adoración:
  8. En la incensación del cuerpo del difunto al final de las exequias:
  9. Durante la dedicación de una iglesia o consagración de un altar:
  10. Para venerar la cruz y las imágenes.

El incienso en la liturgia envuelve todo en una atmósfera sagrada de oración que se eleva hasta Dios. Dejar de usar el incienso en la liturgia, aunque sea por motivos de simplicidad bien intencionada, puede conducir a una seca mezquindad. Kapellari afirma: “El hombre puede y debe alabar a Dios no sólo con la inteligencia y con la palabra, sino también con signos complementarios. La liturgia quiere y puede ser una obra artística común de la fantasía creyente, en la cual el incienso tiene desde luego un lugar indiscutible”.

En resumen, el incienso significa solemnidad, honor purificación y plegaria: es símbolo de la combustión del amor que se vuelve perfume agradable a Dios.

El incienso es portado en una “naveta”, de la cual con una pequeña “cucharilla” se deposita sobre las brasas de carbón que es portado en el “incensario” o “turíbulo”.

Fr. Francisco M

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM. 

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