El templo, la iglesia: Casa de Oración.

Orar es dialogar con Dios, para ello hay que evitar todo monólogo personalista. El templo es un espacio temporal que posibilita al hombre desde un aquí y un ahora concretos. El hombre vive temporalmente el encuentro con Dios cuando habla a Dios. Donde habla a Dios, el hombre vive especialmente este encuentro. El templo es el lugar privilegiado y el ambiente propicio para este diálogo, porque en él el hombre encuentra a Dios.

Es verdad que se puede encontrar a Dios en todas partes, porque todo es templo: lo que es naturaleza pura y lo que es edificio consagrado para el culto litúrgico. Los templos de la Iglesia son el símbolo de todo el mundo, de toda la creación. Desde el templo eclesiástico, el hombre descubre mejor el mundo como templo de Dios.

Conviene tener muy claro que el templo de la Iglesia debe reunir las siguientes características: comunicación, apertura, liberación. No es lugar que aísla, que encierra, que aparta, que esclaviza y oculta. El hombre no va al templo para retirarse, para huir del mundo y de la vida, sino que debe ir para encontrar sentido, rumbo y capacidad para podéis ir a todos los lugares, para poder entender todos los caminos del mundo, para poder penetrar en el misterio de la morada continua y universal de Dios en la creación entera.

Esto no quiere decir que los templos de la Iglesia no sean lugar de descanso, de sosiego, de acogida y de protección para los creyentes. Bien entendidos y valorados, manifiestan una apertura al mundo y a sus complejas realidades, una asunción religiosa que no destruye ni desprecia nada, sino que todo lo respeta y eleva. Por eso, los edificios construidos y consagrados por la Iglesia han de ser principalmente lugares que favorezcan e inviten al diálogo con Dios, a la oración que los hombres realizan en el mundo. El hombre, hora para dar respuesta a la situación propia que vive. El marco y el espacio que favorezcan esta oración deben estar, consecuentemente, en armonía con la estética y los sentimientos de los hombres para descubrir la presencia de Dios.

Cada vez se ve más claro que el templo cristiano, acomodado a la sensibilidad del hombre moderno, debe ser notificante, ambientalmente recogido, potenciador de sentimientos nobles y de elevación, que hay en él, casi solamente, la presencia desnuda del misterio de Dios

Fr. Francisco M

 

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM. Cádiz 

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