Avivemos nuestra vocación para ser testigos
«Deseo hacer memoria del divino niño que nació en Belén y de las incomodidades que sufrió al ser reclinado en un pesebre y puesto sobre húmeda paja junto a un buey y un asno; quisiera hacerme de ello cargo de una manera palpable y como si lo presenciara con mis propios ojos» (1 Celano 84).
Queridos hermanos y hermanas: PAZ y BIEN.
El Adviento nos ha puesto en el camino de renovar el nuevo tiempo litúrgico que se nos abre, no dejando atrás, sin más, el trecho recorrido, pero con una mirada vigilante hacia el futuro en el nuevo ciclo de Navidad que vamos a estrenar. Nos disponemos a celebrar la vida de Dios que nace en Jesús, el de Nazaret: el Mesías, el Señor. Él nos iluminará las tinieblas del corazón: para que vivamos como hijos de la luz; para dar calor a un mundo frío de relaciones, de abrazos y de encuentros; para recuperar la cercanía y el cuidado hacia los pequeños. La sencillez del pesebre nos habla de la pobreza y pequeñez de un niño, que nos ofrece sueños y esperanzas para los desvalidos y los pobres. Se nos abren las puertas a la esperanza: «la puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera, se le ha dado una vida nueva» (Benedicto XVI, Spe salvi, 2).
Navidad para avivar relaciones fraternas
Cuando las comunidades se convierten en fraternidades cálidas, las personas que las componen respiran esperanza, paz, alegría… porque de lo que anida en el corazón habla la boca. Solo se crece y se reconoce a los demás, desde el roce fraterno en la misión que hacen los hermanos juntos: encontrándonos, haciendo opciones para vivir tiempo de calidad, de proximidad («projimidad»), para acortar distancias.
Como peregrinos de esperanza, juntos en el camino sinodal, nos animamos a ver la realidad con los ojos de Jesús, abiertos a lo que nos rodea, dejando que broten en cada ser humano las ganas de dar y recibir. Abiertos a Dios, a los hermanos y a la misión evangelizadora que realizamos, desde una llamada vocacional, que se convierte en servicio desinteresado, a tiempo y a destiempo (cfr. 2Cor 4,2)… en todo tiempo, como hijos de Dios que somos sin tacha (cfr. Fil 2,15).
Podríamos preguntarnos:
- ¿Cuánto espacio dedico a tener tiempos de calidad con los hermanos?
- ¿quién soy yo, dónde estoy, qué busco, qué espero, qué ofrezco, qué sueños tengo y cuáles son mis proyectos como peregrino/a de la fe y de la caridad?
Navidad es un tiempo propicio para practicar la escucha, el silencio contemplativo, mirándonos por dentro para estar más cerca del Niño Dios, de nosotros, de los demás y de la hermana madre tierra que nos sostiene y nos ofrece coloridas flores, frutos y hierbas...
La Navidad es un tiempo para entrenarse en la bondad:
- sé bondadoso/a en el rostro, en la mirada cálida;
- sé bondadoso/a en la forma de escuchar con paciencia y sin tiempo;
- sé bondadoso/a con todas las personas, en el hablar y en el decir, utilizando la cortesía franciscana.
- Sed bondadosos/as con vuestras manos que dan y reciben, que ayudan y enjugan lágrimas; que sirven a los débiles y hacen trabajos humildes, hasta que salgan callos en las manos.
Sé contemplativo/a, tanto en la contemplación como en la lucha, conectando con Dios y transformando la realidad de modo solidario; sé leal a tu vocación, ahondando en la cultura vocacional, siendo fiel a la Iglesia, sirviendo y amando apasionadamente.
Abramos caminos de esperanza
Cada Navidad iniciamos un año nuevo, y en esta ocasión lo hacemos con el gozo de celebrar un Año Jubilar de la Esperanza, que brota del amor a Jesús y a los hermanos. Tiempo para realizar una peregrinación exterior e interior para crecer en la esperanza cierta, que decía S. Francisco ante el Cristo de San Damián, buscando juntos un sentido gozoso de este caminar -como peregrinos de «una fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta»- que nos ayude a vivir coherentemente el ser, el hacer y el actuar en consecuencia.
Reavivar la esperanza
Este es el deseo del papa Francisco, manifestado en la Bula de Convocación del Jubileo Ordinario del Año 2025, titulada, con una expresión acertada del apóstol san Pablo, «Spes non confundit», «la esperanza no defrauda» (Rm 5,5). Llama la atención que, bajo el lema: «Peregrinos de esperanza», el hilo conductor de este Año Jubilar, que en la tradición de la Iglesia se celebra de modo ordinario cada 25 años, gire en torno a la segunda virtud teologal.
Si creemos verdaderamente en la NAVIDAD, no nos queda otra que encender las lámparas, preparar caminos, abrir puertas, estar vigilantes, como centinelas de la historia, de la esperanza, que no se pierda ni uno de los pequeños, a la luz del Pobre de Nazaret que nos ha enriquecido.
¡Feliz NAVIDAD!
Que el jubileo de 2025 nos ayude a bendecir a Dios con el «Cántico de las Criaturas» de San Francisco de Asís.
Bitácoras