IV domingo de adviento, 18 de diciembre 2022
La Sierras, las Villuercas, son un órgano de tubos, donde los ángeles insuflan aire celeste en el fuelle oculto del Arca del Agua[1], para que las manos erizadas de los castaños acaricien su teclado de pizarras, cambiando los registros de madera de pino según los tiempos de la liturgia de la creación… Ahora suenan en el órgano de la naturaleza sones de aires de adviento, para una Iglesia en un adviento con aire.
El aire mueve velas de barcos y remueve brazos de molinos, peina árboles y despeina campanas, atusa dehesas y prados y asusta las bélicas lanzas.
El viento riza las olas y desmiga la arena, tumba juncos y descubre trucos, tira piñas y descoloca sillas, mezcla las hojas y separa la parva.
“Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire y el nublado y el serano y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento.”[2]
El aire lleva aromas al olfato, portea recuerdos a la memoria y retorna nostalgias olvidadas, alerta presencia conocidas y desconoce ausencias extrañas.
El viento silba y pita, salta y baila, canta y llama, vuela y suena…“El Señor suelta a los vientos de sus silos”(Sal 134,7)…En la Iglesia, el aire es música y espíritu. La liturgia es un instrumento de viento, de espíritu de adviento.
El adviento es aire, porque mueve voluntades dormidas a la esperanza, descorteza bosques, descuajando temores y dudas; levantando corazones, aprendices perpetuos del oficio artesano del amar.
El adviento es viento, porque se cuela por ventanas y puertas, porque anuncia trompetas de una paz alcanzada, avisando con pitos y flautas pastoriles que llega un pastor que es un manso cordero, un judío de dulce acento galileo, un mesías nazareno, que es hijo de José, buen carpintero; un Hijo de Dios embutido en un hombre verdadero…
Sí, se necesita espíritu para coger aire, para respirar un adviento que viene como siempre, con vientos frescos de esperanza, abriendo ventanas, oreando estancias, aireando encierros, aromando dolores, sahumando casas y plazas, ciudades y templos.
El órgano de las sierras necesita aire en su vientre de fuelle para deslizar notas en los tubos de las ramas de los cerezos. El fuelle precisa ángeles que hagan respirar el acordeón de pizarras de sus pulmones. Los tubos requieren silbatos de plomo para liberar el viento afinado con melodías de adviento: “Ave María, gratia plena, Dominus tecum”… (Lc 1, 26-28)
El Señor está contigo, María, y tú con nosotros y Dios con todos. Tú, llena de gracia y nosotros esperando gracias. El Espíritu te embarga y a nosotros nos embriaga. La promesa primero fue palabra y ahora, en ti, es un hecho. Tu amén, siempre es un sí sostenido en tono mayor, y el nuestro… estamos en ello.
Pues el nuestro, es un acorde de adviento, que busca oír al Mesías que llega desnudo, descalzo y desarmado, silbando perdón y tarareando misericordias.
Un Mesías que no llega ni en el ruido del huracán, ni en el estruendo del terremoto, ni en el crepitar del fuego… El Mesías llega en el silencio sonoro de la brisa (1Re 19, 9.11-16), posándose en el aire del beso del Espíritu a María, la pura y limpia música de Dios, partitura de la Iglesia, en este adviento nuestro.
Un aire de adviento para un adviento con aire… En fin, un adviento de elementos, para un adviento elemental.
[1] El Arca del Agua es una construcción hidráulica del s. XIV de los Monjes Jerónimos, para abastecer de agua el Real Monasterio y la Puebla de Guadalupe.
[2] San Francisco de Asís, Cántico al hermano Sol, 6.
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras