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EVANGELIO Y REFLEXIÓN DIARIA. FRAY MANUEL DÍAZ BUIZA

¡ábrete! a los sentidos de Dios


13 Febrero 2015

san Marcos (7,31 37)

 En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.» Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Jesús viene a liberar al hombre prisionero de si mismo incapaz de escuchar y hablar correctamente. Dos enfermedades espirituales que nos impiden crecer en la fe y seguir a Jesús libremente. Estamos sordos a lo que Dios nos quiere decir, estamos tan ocupados en nosotros mismos que no oímos a Dios cuando nos llama, ni tampoco a los demás. Cuando oímos seleccionamos lo que nos da seguridad y descartamos lo que nos cuestiona. Igualmente, estamos mudos, incapaz de compartir la verdad de nuestra vida, lo que hay en lo profundo del corazón y, preferimos escondernos detrás de una gran cantidad de palabras, incluso piadosa, para que nadie note como nos va la vida. No hablamos de corazón porque vivimos con la mordaza de la desconfianza. Ante esta realidad, Jesús, nos aparta de lo cotidiano, nos quiere curar en la intimidad, lejos de la curiosidad de los demás, nos acoge en su casa y hace con cada uno de nosotros un tratamiento muy especial: Mete sus dedos en los oídos, para que dejemos de oír el ruido exterior que nos invade para aprender a oír lo de dentro. Toca la lengua con saliva, sin duda un gesto de ternura como si de un beso se tratase, y con el que quiere recuperar la confianza perdida por tanto hablar. Y así, en el silencio que produce el taponar los oídos y frenar la lengua, uno puede encontrarse con la verdad de su vida y con lo que Dios quiere de él. Mira al cielo, pues todo encuentro con Cristo quiere abrirnos el cielo ante nosotros, y así, de pronto, todo nos parece claro. Suspira, es su grito de guerra, Cristo lucha a nuestro lado para que realmente nos decidamos por Dios, nos liberemos de todas las cosas de la que dependemos, y salgamos de nuestro cautiverio interior para dejar entrar verdaderamente a Dios en nuestras vidas. Y, por último, viene la Palabra redentora y liberadora: ¡effettá!, ¡ábrete! Que todos tus sentidos se abran a Dios y así aprender a hablar de verdad justamente y oír correctamente. Dios nos cura nuestra sordera y mudez para que aprendamos a establecer relaciones a través de nuestras palabras, expresar palabras de amor, que toquen al otro, que lo despierten a la vida, palabras de ánimo que lo levanten, de vida, de consuelo, palabras que conduzcan a la libertad. Bien sabe Dios el daño y el dolor que producimos en los demás con muchas de nuestras palabras. Y así, nos uniremos al coro de la gente que lo alaba: "todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos". Buena tarea para esta jornada y para siempre: saber escuchar a Dios en nuestro corazón para hablar justamente a los demás. ¡Paz y Bien!


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