Suave fragancia del amor vivido en fraternidad
Mateo 11, 25-30.
En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso.
Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»
Cuenta 19 años cuando Francisco de Asís la recibe en la iglesita de la porciuncula. Ella, Clara de Asís, también se enamoró de la Dama Pobreza y junto a Francisco vivieron con tal desapego a las cosas que fueron libres como los lirios del campo pues descubrieron que nada les pertenece.
Ellos entendieron que cuanto más llenos estemos de nosotros mismos, en peores condiciones estaremos de acoger a Dios.
Clara y Francisco eligieron la pobreza porque es el medio que eligió primeramente el Señor Jesús para hacernos conocer su amor y el del Padre sin posibilidad de equívocos.
Y esto gusta a Dios, le place a Dios confiar sus tesoros a quienes no se consideran con derecho a recibirlos, a quienes no parecen ser especialmente idóneos para esta tarea.
Así, Clara nada retiene en sus manos, nada que aquí fenece. Ella pobre en la cruz de abrazo con Cristo que padece.
Clara sigue a Cristo donde quiera que vaya, del pesebre al calvario con Cristo está.
Nada de lo que fluye en este mundo de ambiciones y apariencia su párpado estremece.
Clara mira y escucha al verbo que acontece. Clara mira al espejo del rostro de Jesús. Clara lo va imitando hasta abrazarlo en la cruz.
Clara no necesita adueñarse de diamantes porque se ha revestido de claridad radiante, se ha despojado de la gloria terrenal para vestir las joyas que su Señor les da.
Con sus hermanas en San Damian vivió este amor a Cristo pobre y lo irradió por encima de los muros del monasterio.
Fue la primer se mujer en la historia de la iglesia en escribir una Regla de vida, texto de excepcional valor para conocer la experiencia de fe y de amor de la "plantita de Francisco".
¡Felicidades a toda la Familia franciscana especialmente a todas las hermanas clarisas esparcidas por el mundo derramando la suave fragancia del amor vivido en fraternidad.
¡Paz y Bien!
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