¡Ay del amor si no es curioso!
San Lucas 9,7-9.
El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: "Es Juan, que ha resucitado".
Otros decían: "Es Elías, que se ha aparecido", y otros: "Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado".
Pero Herodes decía: "A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es este del que oigo decir semejantes cosas?". Y trataba de verlo.
Herodes tenía curiosidad por ver y conocer a Jesús. Pero sólo para exhibirlo en su corte como se exhibe un bufón. Ciertamente la fe no está hecha para hombres como Herodes.
Y en cambio, la curiosidad que manifiesta Herodes, es, quizás, el primer paso para el encuentro y para la fe.¡Lastima que él cuando tuvo la ocasión de verlo la desaprovechó!
El asombro, la sorpresa, la provocación son el pórtico que nos introduce en el laberinto de la casa y que nos inicia en el misterio de una morada: Jesús.
Curiosidad es sinónimo de descubrimiento; es tensión hacia un objeto entrevisto, deseado. ¡Ay del amor si no es curioso! El fuego que no se aviva, está ya muerto.
Hermanos, ¿seguís sintiendo curiosidad por Jesús? ¿Os levantáis cada mañana con el gran deseo de saber qué nos tiene preparado nuestro Dios? ¿Cuánto hay de asombro, de capacidad de sorpresa en tu vida?
¡Paz y Bien!
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