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La Ascención del Señor


16 May 2026

¡Hola, Jesús!

Hoy, igual que los Apóstoles, mis ojos se elevan y ¡ahí estás, ascendiendo! Y no puedo evitar gritarte "Señor" a pleno pulmón, con todo el orgullo que me desborda. ¡Eres el Señor! El mega-servidor —el siervo de los siervos— que hoy es elevado al señorío total de Dios. ¡Eres el "perdedor" que sale ganando! Como el agua que empapa y fecunda la tierra, ¡has vuelto al cielo después de cumplir la misión que el Padre te encomendó! ¡Y qué bien lo bordaste! Por eso, en la cruz, te atreviste a clamar: "¡Todo está cumplido!"

De servidor te convertiste en pan. Y, siendo pan, ¡te partiste y te entregaste sin miramientos! ¡Vaya fotón nos dejas de ti y de tu vida (la vida del Dios Trinitario)! El evangelio cuenta que los discípulos, después de que te zambulliste en la inmensidad del Padre, volvieron a Jerusalén ¡radiantes de alegría! ¡Y yo hoy quiero unirme a ese fiestón de felicidad! ¡¡Hurra por ti!! ¡¡Qué pedazo de ascenso te ganaste!! ¡¡Ahora eres "el Señor" por los siglos de los siglos!!

¡Lo tengo clarísimo! La tarea del Reino no para. Tú ya cumpliste con tu parte, ¡y ahora nos toca a nosotros darle caña! Nos inundas con tu Espíritu para que cada uno sea ¡un clon tuyo! Casi te oigo decir: "¡Vamos, a pescar..., a sembrar..., a amar...! ¡A amar, venga!" Y tranquilos, confíen, que el resultado no depende de vosotros. El fruto lo ponemos el Padre y yo, junto al Espíritu divino, ¡que nos adelantamos para llegar antes a las personas a las que vais!

¡Me encantaría, Jesús, mirar mis manos y ver, pegadita a la mía, tu mano! Junto a mis pies, los tuyos. En mi hablar, tu Palabra. En mi bajón, tu fortaleza. En mi canguelo, tu confianza, ¡y así en todo! ¡Me encantaría sentir que, cuando bendigo, tú sigues bendiciendo a tope! Ya sé que nos dijiste que, al irte con el Padre, tú ganas infinitamente. Pero también nos conviene a nosotros que te vayas, ¡porque así nos despachas el Espíritu! ¿Sabes? En la teoría lo tengo claro, pero es que tengo ojos y ¡me fliparía verte!, tengo manos y ¡me encantaría darte un abrazo!, y tengo oídos y, aunque esté medio sordo, ¡deseo con todas mis ganas escuchar tu voz…!

Sé que lo haces de lujo: para que echemos raíces, para que te descubramos más cerca, más adentro. Pero ¡ya sabes que crecer es un marrón! Crecer es como morirse un poco. Hay que soltar "lo logrado" para abrazar lo nuevo, hay que reventar el cascarón viejo para enfundarnos el flamante. ¡Es morir para resucitar! Y nos da un miedo que te mueres, sí Señor, ¡a todos nos entra un canguelo tremendo! Ya nos conoces, somos unos miedicas de cuidado..., y no hablemos de la cobardía en el seno de nuestras familias —descristianizadas—, y en el seno de las Comunidades religiosas —cumplidoras, pero huecas, a veces hechas añicos, desunidas—, y en la clerecía, y en la Iglesia —dispersión, abandonos...

Pero, a pesar de los pesares y los tragos amargos: ¡Gracias, Señor, por pillarnos, por comprendernos... y por querernos! ¡Nos quieres un montón! Así que, como a los Apóstoles, nos quedamos en la cima del Monte de los Olivos, con los ojos cargados de lágrimas y, a la vez, ¡a tope de alegría porque asciendes!, para que nosotros también peguemos el subidón contigo al cielo nuevo, a la tierra nueva...

¡Quiero volver al mundo con el corazón a mil, a todos, para 'ascenderlos' a todos!

¡Gracias, Señor!