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Oración “LAETARE”


14 Marzo 2026

¡Hola, Jesús!

Qué contento estoy que mis ojos ven. Y muy contento de que hayas alumbrado mi corazón, mi vida, y lo que sucede a mi alrededor; que me hayas despejado el horizonte al que camino.

Tengo la inmensa suerte de escucharte hablando de Dios, a quien nadie, salvo tú, ha visto jamás. Y me has dicho de Él lo que necesito saber: que es Padre-Madre, que nos quiere sin merecerlo, que nos cuida… Y yo quiero responderle sintiéndome hijo querido y confiando en él.

Apenas sé más. Todos los demás saberes religiosos me desbordan.

Qué bonito, hermoso y consolador lo que puede suceder contigo: El ciego, que no ve ni cree, termina viendo y creyendo en ti; y los expertos en religión, que creían saber casi todo de Dios, se hunden en su ceguera y te rechazan.

¿Sabes? Me he sorprendido porque me he visto retratado en los fariseos. A veces me descubro hablando de Dios como si fuera el vecino de al lado al que conozco como a la palma de mi mano. Achico el misterio y a veces hago a Dios a mi imagen y semejanza. Creo que necesito que me pongas barro en los ojos para que me reconozca en el ciego que busca la luz. Creo que me vendrá bien descubrir mi “no saber” para que te escuche con más hondura y confianza, pues sólo tú conoces al Padre. Ahora pienso que mis crisis, mis desánimos, mis errores pueden ser el barro que me pones para que busque la luz, Tu Luz Señor. Me consuela mucho el saber que siempre estás en el camino rumbo a nosotros, que cada uno te importa, que yo te importo. Y que nos abordas siempre. Y que puede ser una gracia o una desgracia la que te permitirá salirnos al encuentro y llenarnos de luz, que es lo tuyo, como hiciste con el ciego de nacimiento.

Pero tenemos una grandísima dificultad para sentirte vivo y real pateando nuestros caminos. Sí, decimos que estás Vivo como Dios, que como Dios lo llenas todo. Decimos que somos tu cuerpo y que te mueves donde nosotros nos movemos. Decimos que estás con nosotros cuando nos reunimos en tu nombre. Y comulgamos sabiendo que es a ti a quien recibimos.

Pero no terminamos de ver, con los ojos iluminados del corazón, que estás haciendo que el Evangelio suceda realmente entre nosotros hoy, que lo del ciego y los fariseos está aconteciendo hoy.

Y me pregunto: ¿El mandarte al cielo es “mi truco” para defenderme y no tener que cambiar? Prefiero no verte por nuestras calles; no quiero escuchar tus palabras vivas. Así no tengo que arriesgar.

Hoy nos dices: “vete a la Piscina y lávate”. Y ya ves: apenas me lavo.

¡Cúranos, Jesús!