Nos encontramos en un mundo herido y fragmentado. El mal «se halla en una herida en lo más íntimo del hombre. Nosotros, a la luz de la fe, la llamamos pecado; comenzando por el pecado original que cada uno lleva desde su nacimiento como una herencia recibida de sus progenitores, hasta el pecado que cada uno comete, abusando de su propia libertad» (RP 2). Pero a pesar de la “herida”, en el fondo de todos hay una nostalgia de reconciliación, un deseo de los hombres de buena voluntad y de los verdaderos cristianos, de recomponer las fracturas, de cicatrizar las heridas (cf. RP 3), de encontrar la armonía y la paz interior a través de la reconciliación, y es Cristo quien lo ha hecho a través del derramamiento de su sangre para el perdón de los pecados: «La historia de la salvación -tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época- es la historia admirable de la reconciliación: aquella por la que Dios, que es Padre, reconcilia al mundo consigo en la Sangre y en la Cruz de su Hijo hecho hombre, engendrando de este modo una nueva familia de reconciliados» (RP 4).
Jesús nos llama a vivir en la Reconciliación, nos enseña a través de la parábola del hijo pródigo el corazón del Padre que quiere abrazar a este mundo, experimentar el abrazo de sus hijos y la reconciliación de sus hijos que son hermanos, para eso fue él enviado: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).
Es el evangelista san Lucas (Lc 15,11-32) quien nos dibuja esta maravillosa escena donde está representado nuestro mundo a través del hermano que estaba perdido y el hermano que se quedó en casa. El que estaba perdido…
“Un hombre tenía dos hijos. El más joven dijo al padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’…” (...)
El hombre —todo hombre— es este hijo pródigo: hechizado por la tentación de separarse del Padre para vivir independientemente la propia existencia; caído en la tentación; desilusionado por el vacío que, como espejismo, lo había fascinado; solo, deshonrado, explotado mientras buscaba construirse un mundo todo para sí; atormentado incluso desde el fondo de la propia miseria por el deseo de volver a la comunión con el Padre. Como el padre de la parábola, Dios anhela el regreso del hijo, lo abraza a su llegada y adereza la mesa para el banquete del nuevo encuentro, con el que se festeja la reconciliación.
Lo que más destaca en la parábola es la acogida festiva y amorosa del padre al hijo que regresa: signo de la misericordia de Dios, siempre dispuesto a perdonar. En una palabra: la reconciliación es principalmente un don del Padre celestial» (RP 5).
“Pero la parábola pone en escena también al hermano mayor que se quedó en casa…” (...)
«Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está con nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, Él que es fiel y justo nos perdonará los pecados» (1 Jn 1,8s).
San Juan nos dice: «si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20). A lo que hay que añadir las palabras de san Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20).
Reconocer el propio pecado es reconocerse pecador, capaz de pecado e inclinado al pecado, principio indispensable para volver a Dios. Así canta el salmo 50: «Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé…»
El drama de hoy es el oscurecimiento del sentido del pecado que está relacionado con el sentido de Dios…
En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus Apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados…» (Jn 20,22-23).
“Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son:
- la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia.
- la reconciliación con la Iglesia.
- la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales.
- la remisión, al menos en parte, de las penas temporales.
- la paz y serenidad de la conciencia.
- el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.” (CEC 1496)
Acabamos con palabras de un himno que se reza en sábado en la Liturgia de las Horas y levanta nuestra esperanza:
Despiértame, Señor, cada mañana hasta que aprenda a amanecer, Dios mío, en la gran luz de la misericordia. Amén.
Meditar:
¿Qué experiencia tienes en tu vida de la misericordia de Dios nuestro Padre?
¿Cuáles son para ti los grandes pecados de nuestra sociedad…?
Bitácoras
