Gracias por estar esperándome.
Sabes que se me llena la boca cuando te llamo “amigo”, Y se me suben un poco los colores porque sé que somos amigos gracias a ti que eres amigo. Yo, ya sabes, a veces…
En el evangelio de hoy dices la palabra que creo que más me sacude por dentro. Y no porque sean las más importantes que has dicho, sino porque me rascan en la herida que más me duele, me descubren el miedo más visceral que siento: el miedo al fracaso, el miedo al abandono de la gente.
Lo tuviste que pasar fatal. Ver que todo se desmorona, asumir el abandono de los amigos, asumir empezar de cero, asumir el quedarte solo, asumir que el Reino de Dios no va palante… Tuvo que ser terrible. Seguro que tuviste que echar mano de tus raíces más hondas: nunca traicionar la verdad, aunque te duela; ser fiel al Padre cueste lo que cueste, amar a la gente no con la verdad dulzona que desean oír, sino con la verdad dura de ser coherente hasta el final.
El evangelio dice que muchos te abandonaron, y te atreves a preguntar al grupo más cercano: ¿también se quieren marchar? Bien sabes que hoy nos está pasando lo mismo. Pero hoy no te abandonamos por escucharte palabras fuertes, invitadoras a crecer.
Hoy te abandonamos por aburrimiento, porque tus palabras no nos tocan, porque las hemos convertido en palabras de libro y no nos sacuden ningún cimiento. Las hemos matado antes de escuchártelas y nos vamos sin la sensación de haberte abandonado, y sin la pena de habernos perdido la gran oportunidad de la vida.
Como dice el profeta Jeremías: te hemos abandonado a ti, fuente de agua viva, y nos dedicamos a beber de las fuentes agrietadas que no retienen el agua. ¡Y a la desesperada!
Señor, yo sé que me quieres. Que lo sienta más o lo sienta menos no importa tanto. Sé que me quieres, que de ti me puedo fiar aunque no entienda. Como Pedro, también yo puedo decir que no me voy a ir porque también yo sé que tu Palabra me da vida. Que me siento muy vivo, y eso te lo debo a ti.
Gracias, amigo, gracias.
A la Iglesia le has hecho el encargo de gritar tu Palabra. Señor, que no seamos parlanchines que decimos palabras vacías de vida. Que sea tu Palabra, provocadora a tope, y no la nuestra la que escuchen.
Y si alguno, después de escucharte, se quiere ir… que el Padre que lo querrá siempre lo acompañe.
Gracias, amigo de mi corazón.
Bitácoras
