¡Hola Enmanuel! “Dios con nosotros”.
Bonito nombre. ¡Santificado sea tu nombre!
Aquí estoy con la mala sensación de que, para hablar contigo, tengo que hablar hacia fuera, como si tú estuvieras separado de mí. Luego lo pienso y sé que tú sabes lo que voy a decir o escribir antes de que lo diga o lo escriba, porque tú eres el Tesoro escondido en mi hondura, que no termino de encontrar, y al que tanto me cuesta llegar.
Recuerdo lo que nos dices en el Evangelio: cuando hablen con el Padre no digan muchas palabras, como los que no conocen a Dios, porque Él sabe lo que necesitan antes que se lo pidan. Él escucha nuestros pensamientos y sentimientos, y los acoge siempre. Lo nuestro le importa tanto…
Contigo, Enmanuel, Dios es de los nuestros, contigo Dios se preocupa de lo que nos preocupa, contigo Dios está con nosotros y no para condenar, sino para salvar, para llenarnos de vida. Estando contigo puedo llegar al descubrimiento y a la vivencia de que “en Dios soy ahora”, “en Dios me muevo ahora”.
El ajetreo de la vida me distrae, pero tú me vuelves a gritar: ¡¡Despierta!! ¡Mira hacia adentro y te descubrirás sumergido en Dios!!
Amigo Jesús, qué pena que nos hayamos acostumbrado a hacer la comunión contigo. Recibimos tu presencia y seguimos sintiéndote ausente, distante, despreocupado... Es verdad que la rutina nos ciega, nos paraliza y nos mata. ¡¡Despiértanos, Señor!!
Amigo, a mí que estoy vivo ahora, a mí, que estoy rodeado de vida por todas partes, me dices ahora: ¡¡Yo soy la Vida!! Esto me lleva a gritar jubiloso, sí, jubiloso: ¡¡Estoy vivo en la Vida!! En mi vida te reconozco, en mi vida te encuentro. Todo lo vivo, y estoy envuelto en un derroche exagerado de vida, me conecta contigo y me habla de ti.
¡¡Realmente eres Dios con nosotros!!
José escuchó a Dios en un sueño. Dios le dijo lo que quería de él por el camino menos pensando, desde dentro. Y tan claro lo escuchó que, cuando se despertó, hizo lo que le había dicho el ángel del Señor.
Eso se llama a estar disponible.
A nosotros nos pasa, más bien, como a Samuel, que no sabemos distinguir la voz de Dios de otras voces, y terminamos haciendo lo que nos parece y apetece y no lo que quiere Dios.
Jesús, ayúdanos a escuchar al Padre, ayúdanos a colaborar con Dios, como José, para que la salvación llegue a todos o a los más posibles.
Gracias Señor, porque a través del bueno de San José me enseñas a “escuchar”, “callar”, “aceptar tu Palabra”, “seguir tus sendas”…
Gracias Señor.
Bitácoras
