¡Hola Jesús, amigo del alma!
Juan te preguntó si “eras el que tenía que venir o si había que esperar a otro”. Ay, amigo, qué suerte tengo: yo no te lo pregunto; yo voy sabiendo, y cada día me aclaro más, que contigo ha venido el que tenía que venir. Ya te lo he dicho muchas veces:
¡Gracias por venir, gracias por ser como eres, gracias por las puertas que abres, gracias por las esperanzas que despiertas en quienes te acogen!
Está grabado a fuego en tu carnet de identidad: “Yo soy el Camino, Yo soy la Verdad, Yo soy la vida”.
En ti encuentro el Camino para no ir por la vida dando bandazos sin ton ni son. En ti encuentro la Verdad de Dios y la verdad de mí mismo, la verdad que me hace libre.
En ti encuentro la Vida con la que no puede la muerte. Me sale de dentro lo mismo que a aquella mujer que, viéndote y escuchándote, te gritó: “¡Que viva la madre que te trajo al mundo!”.
Qué lindo escucharte hoy alabando a Juan el Bautista. Qué hombre más auténtico, más centrado en cumplir el encargo que se le había hecho. Él es el que abre la puerta de par en par “para que entres tú”. Te reconoció “más grande que él”, no merecedor de desabrocharte las sandalias. Te dedicó su vida entera. Él no es una caña zarandeada por ninguna ventolera ni de dentro ni de fuera. Ya se te nota que gente así te enamoran.
Pero ahora nos toca mirarnos a nosotros: “El más pequeño en el Reino de Dios, es más grande que Juan”. Juan es grandísimo, y yo, frente a él, ¿Soy más grande que Juan el Bautista?
Perdóname, Señor; perdona a mis hermanos: no hemos descubierto lo grande que somos, lo grande que nos has hecho; no somos conscientes de la Gracia en la que hemos entrado siendo de los tuyos.
San Pablo dice que “nos enriqueciste con tu pobreza”, pero eso no lo entendemos. Perdona nuestras caras tristes cuando estamos contigo o “en lo tuyo”, perdona que no estemos continuamente dándote gracias, pues “es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias siempre y en todo lugar”.
Perdona el no rumiar más el privilegio de “ser hijos de Dios”.
Perdona por no valorar más el Amor que nos envuelve.
Perdona por escuchar tu Palabra y recibir la Eucaristía tan distraídamente.
Perdona por responder a tu entrega a la muerte con desamor y despiste.
Perdona por no valorar tu llamada a entrar en el Reino.
Es verdad, lo de Juan se queda muy corto comparado con lo que nos ha llegado contigo.
Bautízanos con tu Espíritu y con tu Fuego.
Bitácoras