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Oración del Domingo XXX


25 octubre 2025

¡Hola, Jesús!

Sé que estás al otro lado de mi pensamiento o de mi palabra, acogiéndome, escuchándome. Qué bueno, tú y yo aquí. Y, contigo vienen todos mis hermanos.

Hoy quiero comenzar con una petición: Jesús, vuelve a decirme la parábola de aquellos dos que subieron al templo a orar.

Cierro los ojos, pongo el corazón a punto, y me paro a escucharte…

Gracias por volvérmela a decir.

¿Te digo los sentimientos que se han despertado en mí?

Una alegría inmensa y una gran desazón. Ante los demás, lo disimulo, pero ante ti, no puedo esconder que en mí cohabitan un fariseo orgulloso de sus saberes y sus bondades y un publicano asombrado de sus traspiés.

Me inunda la alegría de saber que el Padre los quiere a los dos, que llena ya al pecador que hace hueco a la Misericordia. Y seguro que se pone a esperar que el fariseo se dé cuenta que Dios es mejor que él y le haga hueco en su corazón.

El fariseo no dice: “gracias por tu misericordia”, sino “gracias porque no soy como los demás”, que son malos y están equivocados... Y, desde esa premisa luego nos salen un montón de miradas “por encima del hombro”; y críticas y condenas que nos distancian de los que debemos amar como hermanos.

¡Y sólo el Amor salva!

¡Y sólo el Amor es eterno!

Y, como dice San Pablo: “el amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta” (Iª Cor 13).

Así ama el Padre al publicano y al fariseo, y a mí, y a ti y a todos.

Señor, que crezcamos en eso de “amar como nos ama el Padre”. Lo sé, lo sé, yo no soy “el bueno” en medio de pecadores. El publicano no era más santo, pero era más auténtico.

Y Dios no se deja engañar con nuestras máscaras y vive encantado con la verdad. Y lo más triste: a veces necesitamos ver el fallo del otro para sentirnos nosotros un poco mejores, porque en eso de aceptarnos y querernos como somos estamos muy flojos, “flojitos”...

Jesús, Amigo, Hermano y Maestro, líbranos de ir por la vida con la toga puesta y la ley en la mano arrasando con nuestros juicios, porque cuando juzgamos a los demás nos desconectamos del Dios que no está en el juicio sino en el amor.

Señor, no tengo méritos que mostrarte; sólo puedo poner delante de ti mi sinceridad. Pero, ya sabes, aquí estoy. Haz tú el resto.

“Adiós amigo Jesús” ¡Ayúdame!