¡Hola Jesús!
¡Hola amigo!
La verdad que tu parábola de hoy se las trae. Nos plantea tantas preguntas…
Sé que cuando tú te ponías ante Dios, no te ponías ante un Dios sordo a los gritos de los que sufren, sino ante el Dios que escucha los gemidos de sus hijos y ve su sufrimiento (Éxodo 3, 7-8).
Dios le dice a Moisés: “Voy a bajar”. Y claro que bajó, pero era Moisés el que daba la cara y el que liberó al pueblo.
Eso me plantea una pregunta inquietante: ¿También ahora Dios querrá que sea yo, que seamos los que creemos, los que construyamos justicia, los que llevemos consuelo al hermano que sufre?
A ti el encuentro con Dios sí te llevó a los pobres, a los heridos, a los que no cuentan en este mundo injusto. ¡A ti Dios sí te movió! Y a Moisés también. Y nosotros, ¿nos dejamos mover?
Señor, enséñanos a dejarnos llevar por el amor que mueve al Padre nuestro. Ayúdanos a poner la mano en el arado para colaborar con Dios en enjugar lágrimas, sanar heridas, enseñar al que no sabe y echar una mano...
Nuestra tentación es ponernos delante de un dios que no nos in quieta, porque sobre todo le interesan nuestra bondad y nuestros rezos. Y tú nos dices hoy que al Padre le duelen las injusticias que sufren los hijos, que oye todos sus gritos, que quiere hacerles justicia y que cuenta con nosotros para eso. Amigo, me duelen las preguntas que me hago y que pongo delante de ti: ¿Cuándo hará Dios justicia a tantas viudas, a tantos pobres, a tantos machacados por la maldad? ¿O está esperando a que nosotros nos decidamos a arrimar el hombro?
A ti te “hizo justicia”, ante la infamia de tu muerte, al “tercer día”. ¡Qué duro, qué desesperan te se hace la espera que media entre el grito de socorro y la respuesta de Dios!
Todo un desafío a nuestra confianza.
Sé que nos quiere, sé que es fiel, sé que lo hará. Lo mío es confiar.
Jesús, enséñanos a orar como tú, “para no caer en la tentación” de la desesperanza.
Enséñanos a confiar en que vendrá el cielo nuevo y la tierra nueva en la que habite la justicia, en la que no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor, ni muerte.
Enséñanos a esperar haciendo lo que podamos con un empeño decidido.
Hoy nos dices que quieres que oremos siempre, sin desanimarnos.
Jesús, enséñanos a orar como tú. Menos palabras y más escucha, menos pensar y más acoger, para saber mirar y escuchar como Dios, para confiar en que sólo Dios sabe cuándo es el momento oportuno.
Que así sea..., pero ayúdanos Señor.
Bitácoras
