¡Hola, amigo Jesús!
Qué bueno que me vas encontrando. Y qué suerte la mía de ser encontrado por ti, y, contigo, estar “en casa”.
¿Te acuerdas? Cuando a los doce años te perdiste en el templo, tuviste la oportunidad de ver en el rostro de María y de José la angustia porque “te les habías perdido”.
Y, seguramente, en tus ratos de oración descubrías el desconsuelo del Padre-Madre-Dios porque tiene tantos hijos perdidos… Desde muchacho tenías clara tu misión: “tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre”: buscar a los hijos a los que el Padre quiere tanto, mientras que ellos no se sienten ni buscados ni queridos.
¿Seré yo, Señor? Esta pregunta me duele, porque intuyo que yo me reservo zonas en las que no te dejo entrar; zonas, criterios y opciones cerradas a tu amor y tu llamada. Me escondo a tu mirada y no te permito transfigurarlas. Y así me va. Qué tragedia la de los fariseos: ellos cumplen leyes y hacen rituales para “sentirse buenos y merecedores de premio”, pero no se han encontrado de tú a tú con el Padre bueno que los quiere gratis.
Y hoy los vemos criticarte porque te ven amigo de los que no tienen méritos para que Dios los quiera. Saben mucho de leyes y cumplimientos, pero no saben nada, pero nada, del corazón de Dios.
Tú sí que sabes de Dios, que se parece al pastor que se le pierde una oveja y se vuelve loco hasta que la encuentra. Tú sabes que será el amor no merecido el que nos enamorará y no las amenazas de castigos las que nos harán cambiar.
Señor, qué peligro sentirse bueno, sentirse merecedor de premio, pensar que me tengo “ganado” el amor de Dios porque cumplo con la religión. Qué equivocados están los que creen que a los que no cumplen Dios no los quiere, sino que los castiga. De ahí a mirar mal a los pecadores no hay más que un paso. Ese paso lo dieron los fariseos y te rechazaron porque tú sí eras (¡y sigues siendo!), “amigo de pecadores y hasta comes con nosotros”.
Señor Jesús, hoy quiero pedirte por la Iglesia. No nos dejes caer en la tentación de creernos los buenos, los cumplidores, los merecedores del amor de Dios, pues entonces nos pareceríamos a los fariseos que condenan a los otros y no conocen el corazón del Padre que nos ama sin merecerlo.
Que seamos una comunidad de pecadores buscados, encontrados y perdonados y que ayudemos al Padre a que encuentre a tantos hijos que no se saben amados y viven como si no tuvieran Padre.
Qué lindo: ayudar a Dios a que encuentre a sus hijos.
Y hoy no te perdiste en el Templo, hoy estás crucificado, hoy celebramos tu Exaltación en la Santa Cruz.
Bitácoras
