¡Hola, amigo!
Sigo diciéndote que Tú eres mi “Tesoro” que me has salido al encuentro. Porque más que buscarte yo, eres Tú el que me ha buscado. Y me vas encontrando, tal como soy...
Está claro que lo que va habiendo entre Tú y yo no es algo que haya sucedido en un momento, es una historia que se ha ido tejiendo cada día, y ya llevo un “tiempito”...
Es aquello que dijiste a Pedro: “eso que dices de mí, no te lo ha enseñado nadie de carne y hueso; eso te lo ha revelado el Padre del cielo”. Qué cosa más grande: Dios diciéndome, como sólo él sabe hacerlo, quién eres, qué aportas a la vida, qué horizontes esplendorosos abres para la humanidad.
Ciertamente eres el “Tesoro” que me aporta alegría y esperanza, que me hace intuir que detrás de este caos de la vida está escondido un Amor así de grande que abre todas las puertas.
Jesús, amigo, te debo tanto que quisiera desbordar de alegría y agradecimiento. Me sirven las palabras del viejo Simeón, cuando te encontró recién nacido en el templo, para expresarle a Dios mi asombro y mi gratitud: “mis ojos han visto a tu salvador”.
Me dan ganas de repetir también lo que te dijo aquella mujer, asombrada: “Dichosa la madre que te parió”, y dichosos los que hemos tenido la suerte de encontrarte y vivir en el intento de seguir tus pasos.
En el evangelio de hoy nos hablas de seguirte.
¡Qué privilegio, qué suerte más grande, qué alegría!
Y qué pena que muchos sólo se queden en lo que hay que dejar; como si fuera una desgracia quitarse la torcedura que nos deforma o romper las cadenas que nos atan.
Cuando San Pablo nos habla del empeño por “ganarte”, porque tú lo alcanzaste a él primero, nos dice que “todo lo que antes tenía como riqueza, ahora lo tengo por basura”. Él sí que sabía.
Señor, yo no lo tengo tan claro ni me empeño tanto como San Pablo, pero ahí voy en el intento. Yo aún no te he entregado el timón de mi vida (que nos cuesta dejar nuestro timón) para que seas tú el que marque el rumbo que me lleve por tus caminos.
Yo no sé bien qué tengo que hacer y cómo hacerlo. Yo aún me siento atrapado en esta tela de araña que son mis costumbres, manías y mis apegos…
Pero quiero mantenerme atento y vigilante a tus señales, esas que tan discretamente me das y que yo tengo que aprender a recoger e interpretar.
Seguirte a ti, seguir tus pasos es lo que deseo. Y seguirte acompañado con otros hermanos... y con ellos ser la Fraternidad que tanto desea el Seráfico San Francisco de Asís.
Por eso te pido por todos ellos, por eso quiero que mi vida sirva para que se encuentren contigo y te sigan con entusiasmo, con alegría...
Ayúdame y ayúdalos, amigo Jesús. Porque si Tú no nos ayuda…vamos a la deriva.
Bitácoras
