¡Hola, amigo Jesús!
Recuerdo lo que nos dice San Pablo: “vuestra vida está con Cristo escondida en Dios”. Lo recuerdo porque quiero decirte que, saberme ahora delante de ti, es como cuando la gente se pone delante del fuego “pa calentarse”.
Soy un tibio conforme, resignado a pensar que no hay más fuego que el que ya arde, que no hay más razones para vivir contento que las que ya enarbolo aburridamente, que ya no hay sorpresas que puedan abrirme los ojos como platos y ponerme de pie.
Ahora que lo pienso descubro que la mediocridad, el vivir sin garra y sin garbo me amenaza, como dice San Pedro, como un león rugiente.
Sí, tengo frío y me arrimo a ti buscando luz y calor, a ver si el roce… Moisés “ve a Dios” en una zarza ardiendo. Y aquel fuego vivo, fuego que arde y no se consume, despertó en él la sospecha de que el Dios vivo llamaba a su puerta, que Dios le salía al encuentro, que se metía con él.
¡Sí, Dios es Fuego! Arde y no se consume. Vive y no se agota, ama y no se cansa de amar. Y más, más, más.
Hoy nos dices que has venido a traer fuego a la tierra.
Yo lo digo de otra manera: tú eres el Dios-Fuego-Vivo que ha venido y que siempre sigue viniendo, cuando no te esperamos y por donde no te esperamos.
Nos lo decías la semana pasada: “no saben a qué hora viene el Hijo del Hombre”. No, no sabemos cuándo has decidido salirnos al encuentro, cuándo quieres sorprendernos dándonos una señal de que nos abordas. Por eso hay que estar despiertos y vigilantes, atentos a tus sorpresas. Y tampoco sabemos qué señal nos vas a dar.
Solemos pensar que usarás señales que consideramos religiosas. Pero, mira por dónde, a Moisés Dios le salió al encuentro en una zarza ardiendo. Una señal no catalogada como religiosa, por cierto. ¿Y si tú has decidido salirnos al encuentro a través de lo cotidiano, a través de un encuentro imprevisto, a través de un libro o de una película, a través de una necesidad propia o de otro?
Habrá que estar vigilantes. Jesús, ¿y ese deseo de más, más, más instalado en nosotros no será, para quien quiera verlo, una señal tuya de que busquemos con ansia al único que puede llenar nuestro inquieto corazón?
Tú, como la zarza de Moisés, también estás ahí y no te paras, no te agotas, no te cansas. Siempre en el camino, que es nuestro camino, siempre llamando a esa puerta que es nuestra puerta.
Y no me entero (estaba tan entretenido…). Y necesitándolo tanto, me pierdo lo que vienes a ofrecerme: fuego, entusiasmo, vida en abundancia, el vivir apasionadamente, alegría, esperanza… Y más, más, más…
Hoy es un buen día para preguntarnos: ¿cómo es posible que tus discípulos vivamos tan aburridamente lo tuyo? ¿Cómo es posible que vivamos tan apagados aquellos que llamaste a participar del fuego que a ti te devoraba?
Pero estás aquí, estás ahora, estás con todos. Por eso, porque tú no te agotas ni te consumes, siempre es posible avivar la llama y despertar.
Oyéndote hoy me ha venido a la mente y al corazón aquel reproche del libro del Apocalipsis cuando le dices a la iglesia de Éfeso: “tienes entereza y has sufrido por mi nombre sin claudicar. Pero tengo que reprocharte que has dejado enfriar el amor primero”
Sí, me duele el reproche, porque sé que también es para mí. Pero te lo agradezco porque, reprochándomelo con el cariño que lo haces, me estás invitando a “caldear” de nuevo ese amor primero.
No sé si serán los años, o los “palos”, o el cansancio los que me han colocado en esta pendiente. Pero hoy quiero darte todos los permisos para que le prendas fuego a mi corazón.
Quema, amigo del alma, tanta mediocridad y tanta indecisión. ¡Quiero vivir! ¡Quiero que me contagies esa pasión tuya por Dios y por su Reino! ¡Me gustaría amar hasta arriesgar!
Te pido hoy lo que te pedía aquel cantante: “Señor, concédeme que, cuando me llegue la muerte, me encuentre muy vivo”.
¡Eso! Cuando el profeta Jeremías decidió no seguir proclamando las Palabras de Dios, porque sólo le traían problemas, dice que la palabra le ardía dentro como un fuego.
Yo quiero pedirte hoy, amigo Jesús, que me digas una palabra tuya, de esas que arden como el fuego, aunque me chamusque. Te lo pido con la fe del centurión que también te dijo: “una palabra tuya, bastará para sanarme”.
Quiero también expresarte mi asombro por esa manía nuestra de “amansarte”, de quitarte fuerza, radicalidad. Algo así como echarle agua al vino por miedo a que nos emborrache. Yo quiero emborracharme en tu vino y vivir fogoso en tu fuego. Yo pongo la leña. Pero eres tú el que enciende el fuego bueno. ¡Ayúdanos, Jesús!
Quiero pedirle hoy a tu madre, María, la de la Candela, que nos mantenga siempre junto a tu fuego vivificador.
Bitácoras