Y antes expresé que todos somos HERMANOS, y esto nos puede llevar a: “¿Quién manda aquí?”, y la respuesta pide: Corresponsabilidad y obediencia”, los religiosos españoles enfrentan los desafíos que ofrecen hoy la autoridad y la obediencia. La autoridad en la Vida Religiosa es “servicio”, -ser siervo de los siervos- y la obediencia es “diálogo fraterno”.
Los diversos carismas que configuran la vida religiosa en España tienen que hacer este doble ejercicio: “escucharse más entre ellos y escuchar juntos la voz de Dios para nuestro tiempo”. Y este es uno de los graves problemas no saber “escuchar”, “dialogar”, “hablar”, “conversar”…; -y lamentablemente es como el común de nuestra vida ¡qué lástima!- y sólo a nivel de primer plano de lo interpersonal, sino a nivel comunitario-fraterno…; y aun cuando los “Superiores”, “Consejeros”…, no lo posibilitan, y su labor queda reducida a la elaboración de “este”, aquí, y aquél “allá”… hay que tener una diversidad de puntos a la hora de la composición de las comunidades (Fraternidades) hay ver la necesidad de dicha Casa en ese lugar…, ver con realismo la labor “pastoral” que se realiza, si merece la pena y está en consonancia con el carisma de la institución.
“¿Quién manda aquí? Corresponsabilidad y obediencia”. “En la escucha basamos nuestra identidad”, en torno al primer mandamiento de todos: “Escucha, Israel”. “Este modo de escuchar a Dios y de comprometernos con los demás tiene que ver con el voto de obediencia”. “Prometer obediencia a Dios, como así lo hemos expresado en nuestra profesión religiosa, es un compromiso inherente a la escucha que nos capacita para relativizar lo propio en favor del bien común”.
La sociedad de hoy, y en ella la Iglesia, tenemos que pensar y ser coherentes de que las personas de hoy desean tener una Vida Consagrada en la cual sólo hay una sola voz, la voz del Espíritu Santo a través de los muchos carismas, todos estamos llamados a mostrar el corazón de la Iglesia. Se trata de sintonizar con el momento de Iglesia nos llama: “Este proceso y camino de escucha queremos transitarlo de forma sinodal, caminando juntos”. “Si entre nosotros logramos hacer un buen trabajo sinodal, estaremos reforzando y apoyando de forma activa el proceso que ha iniciado la Iglesia”. Además, hay un desafío que se impone con fuerza para todos los consagrados de nuestro país: “hemos de reflexionar y discernir juntos sobre el presente y el futuro de la vida religiosa en España”.
No olvidemos que la “obediencia”, es el nervio de nuestra vida, es nuestra “peculiar forma de seguimiento, sabemos que no puede vivirse sin ese sentido de obediencia que traspasa lo meramente práctico y funcional en una vida comunitaria”. “La historia de la vida religiosa nos muestra la corresponsabilidad y obediencia en el punto de su propio origen, como dimensión fundante”. Sin olvidar las palabras que el Papa Francisco dirigió a la vida religiosa: “La vida consagrada se comprende caminando, consagrándose cada día, se comprende en diálogo con la realidad”. “Cuando la vida consagrada pierde la dimensión de diálogo con la realidad y de reflexión con lo que sucede empieza a hacerse estéril”…
“La vida consagrada en España está llamada a ser esperanza en medio de estos momentos convulsos”, donde los religiosos –tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza- debemos estar animándonos a una honda sinceridad: “Cuando se oye que sois ya mayores, que lo vuestro va a desaparecer… A esos profetas de calamidades yo les digo: ‘¡No, no no!’. ¡Vosotros sois el resto del Pueblo de Dios, sois profecía para el mundo!”. Debemos aprender “a cuidar el carisma donado a cada Instituto”. “Apostemos por ello, que a eso os quiero invitar con mis palabras”.
“Hoy es el tiempo de Dios, este día por tanto es santo; en este día nos reunimos con los pies en la tierra y la mirada en el cielo, buscando la manera de servir mejor”. Y para todo ello hace falta, tener siempre bien presente que “aquí el que manda es el que se ciñe y se pone a lavar los pies a sus hermanos”.
Me ocurre con frecuencia. Tengo que reconocer que recibo continuamente el regalo de gente con encanto. Me salen al encuentro. No es, por supuesto, mérito mío, es que, por fin, gradué la vista, es decir: “me puse las gafas de Dios…”, y todo es distinto... He aprendido a mirar y esa sí es tarea propia. He descubierto que la gracia no está en proyectar lo que llevas, sino en descubrir lo que te viene. Y ahí sí que todo es «gracia tras gracia».
Nos lo decimos muchas veces, pero no es fácil su práctica. Cuando dejas de pensarte, aprendes a pensar; cuando dejas de mirarte, aprendes a ver.
Me estoy encontrando con consagrados y consagradas que tienen encanto. Saben ver y enseñan a mirar. Es verdad que no sucede en el primer golpe de vista… y también es cierto que para descubrirlo hay que saber esperar, conceder tiempo, escuchar y saber contemplar.
Estaba recientemente hablando a una congregación que prepara su capítulo general. Entre las preocupaciones sensatas apareció –siempre aparece– qué hacer y cómo hacer para que toda persona tenga experiencia de misión, también en su etapa de ancianidad. No son pocos los consagrados ancianos, todavía con palabra, que se están quedando sin palabras, en recorridos cada vez más pequeños de sus espacios domésticos de vida. Son muchos los que solo pueden, de vez en cuando, y cuando alguien los escucha, jalear sus recuerdos… cada vez más distantes y distintos del hoy de la vida.
Hay muchas mujeres y hombres consagrados ancianos que, sin embargo, mantienen una frescura intelectual y misionera admirable. Son capaces de agradecer los tiempos nuevos y ver en ellos muchos signos de evangelio. Son los que han entendido que las cosas no son como eran, ni se hacen como se hacían. Son hombres y mujeres de síntesis y han sabido llegar a la esencialidad. Allí donde el pueblo vive el amor, allí vive la fe. No son caminos distintos ni distantes. Son los que saben ver que en cada corazón y su esfuerzo diario está Dios. Los que están al tanto de lo difícil que es llegar a fin de mes; los que agradecen cómo las familias multiplican el tiempo para poder atender, educar y disfrutar juntas. Los que saben alegrarse y llorar con lo que alegra y entristece al pueblo. Son personas que han hecho un buen itinerario personal y han aprendido a lo largo de su vida a querer y desprenderse; a llorar y agradecer; a esperar y salir al encuentro. Los que tienen los sentimientos en su sitio y los han convertido en un potencial de felicidad sorprendente…
Bitácoras