¡Hola querido amigo Jesús!
Ante la pregunta viva a tus discípulos de ayer y de hoy quiero tomar conciencia de que me la planteas a mí también, en vivo. No me llega el eco de tú pregunta de ayer. Me lo preguntas a mí hoy. Tu pregunta es viva y me la haces ahora:
“¿Qué dices tú de mí?”
Mi tentación, porque eso es lo más cómodo, es coger lo que la doctrina me ha enseñado de ti, y contestarte con una serie de verdades teóricas y frías. Algo así como si tú fueras un muerto del que digo verdades. Pero eso no es, porque tú eres “El que vive por los siglos de los siglos”.
Y yo no soy uno que ha estudiado una doctrina, sino alguien que tiene la suerte de haberse encontrado contigo y ser tu amigo. Y aquí voy, por esta Galilea de la vida, hoy, intentando, con los ojos muy abiertos, dejarme querer e intentando también quererte. Y será el amor y no la curiosidad la que me permitirá entrar en tu misterio.
Y el Padre hará su trabajo conmigo como lo hizo con Pedro y con tantos. ¡Dichoso que soy! ¿Quién eres de verdad de verdad para mí?
Pues, me has pillado. Pensé que la respuesta me saldría fácil y me está costando mucho más de lo que creía, porque me vienen a la mente más teorías que vivencias, más doctrina aprendida que sentires del corazón, más lo que desearía que fuera que lo que es.
Sí puedo afirmar que me tienes encandilado…; contigo vivo un asombro constante. Cuanto más descubro, más me doy cuenta que estoy empezando a conocerte, que tú siempre eres más.
Y eso me espolea a seguir buscándote, a preguntar por ti a los que te conocen. Nunca me había pasado algo así. También es verdad que en ti veo “señales del Dios infinito” al que “no se puede ver y seguir vivo”, al menos como se vivía antes.
Y si le pregunto a Dios: “Señor, quién eres”, todos los indicadores confluyen en señalarte a ti como la respuesta. También quiero decirte, contestando a tu pregunta, que cada vez tengo más claro que tú eres la respuesta a las preguntas más hondas que me hago. Y que hay una sintonía total entre lo que desea mi corazón y lo que tú me ofreces.
Gracias Señor.
Y termino. Te he oído llamarme “amigo”. Y yo quiero responderte hoy diciéndote: “¡amigo!” Y esto no sé a dónde me llevará.
Pero “Hágase”, aquí estoy, cuenta conmigo.
Bitácoras
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