¡Hola, Jesús!
¡Amigo mío y de todos!
Me cuesta evitar la sensación de que lo que te digo, lo estoy diciendo “hacia fuera”, como si tú estuvieras fuera.
Yo, como todos, sigo mirando hacia el cielo cuando digo: “Dios mío”.
Qué mal educados que estamos.
Por eso, me suena a tan buena noticia lo que me acabas de decir en el evangelio de hoy: “al que me ama, el Padre lo amará y vendremos a él y pondremos nuestra morada en él”.
Sé que a veces no somos trigo limpio, sé que mi amor es pequeño, sé que no termino de hacer lo que me dices, pero creo que tú, y el Padre contigo, no tienen miedo de “mancharse” con la suciedad de la cueva de Belén, ni “embarrarse” con nuestros pecados, cayendo bajo el peso de la Cruz, por la Vía+Dolorosa..., cada Vía+Crucis es revivir tu dolor…
Mucho te criticaron por ser “amigo de pecadores y sentarlos a tu mesa de amistad”.
¡Qué bueno, amigo: nos amas sin poner ninguna condición!
Hoy me invitas a mirar hacia adentro.
Y no sólo mirar hacia adentro para verme sino para verte; y creer que “somos morada de Dios”. Muchos van a los Santos Lugares, y quieren verte y creer…, pero en la celebración de la Eucaristía, poco a poco les vas abriendo los ojos, les retiras las vendas de los ojos y del corazón…, y te miran a cara a cara y decirte: te veo Señor, creo en ti…, Señor mío y Dios mío, te quiero.
No sólo eres Dios con nosotros, sino, más eres Dios en nosotros. Ya no necesito subir a ninguna montaña ni peregrinar a ningún santuario para encontrarte. Me has convertido en “tu” santuario, me has hecho “tu” templo.
Ir hacia adentro es ir la “tierra santa” del corazón. Ahí te encuentro. El Padre que “está en el cielo”, está en mí.
¡¡Soy un cielo!!
Hoy creo y digo, que ir hacia adentro es ir en la buena dirección.
Creer en esto, y te confieso que quiero creerlo, lo cambia todo.
Me gusta saborear que tú, mi amigo Jesús, cuyos pasos quiero seguir, me sigues a mí a donde quiera que vaya.
Me gusta saborear que el Padre Dios no está perdido en la inmensidad del universo, sino que habita en cada hijo.
Me gusta saborear que me dices tu Palabra desde fuera y desde mi intimidad al mismo tiempo.
Me gusta saborear que me escuchas desde fuera y desde dentro y que no tengo que gritar para que mi palabra llegue hasta ti.
Me gusta saborear que, desde dentro de mí, estás amando a todos, también al que tengo delante.
Me gusta saborear que desde dentro de mí estás abriendo camino al cielo nuevo y la tierra nueva y cuidando el mundo con amor.
Creo que, si acierto a mirar hacia adentro, te encontraré.
¿Cómo no voy a quererlo?
Gracias, amigo Jesús.
Bitácoras
