Señor no te das cuenta de que subir a Jerusalén sabiendo lo que te va a pasar, es meterse en la boca del lobo sabiendo que te hará pedazos. Decirle al Padre “hágase tu voluntad” sabiendo la que se te viene encima…, y como Pedro y los otros apóstoles estoy oponiéndome a tus designios…, ya ves, a veces también soy un poco “torpe”, perdóname Señor.
Me acabo de parar un momento después de decirte esto y con los pelos de punta me pregunto: ¿cómo fuiste capaz de poner rumbo a Jerusalén? Me horroriza y me llena de asombro. Tu decisión confiada pone al descubierto mis mimoserías, mis tontunas...
Y me digo con qué facilidad digo en el padrenuestro “hágase tu voluntad” para luego hacer lo contrario ante la menor dificultad o incomodidad... me hecho atrás, o miro a otro lado…, busco mi comodidad.
En este domingo –llamado de la Transfiguración-, es el II de Cuaresma, hoy te veo lleno de Luz. Pero tu Luz no es la de los fotones que a nosotros nos alumbran. Tu Luz es Dios en ti, tu Luz es la del Amor sin límites, tu Luz es la Paz que se desborda...
Verte así es revelación de que también tu Luz y tu confianza, tu amor y tu capacidad de entrega nos habitan, aunque luego no sepamos o no queramos vivir de ella.
En este domingo de nuevo te digo: “gracias por ir siempre delante”; gracias por seguir confiando en nosotros a pesar de tantos bandazos y negaciones; gracias por tanto amor no merecido.
Hoy, amigo mío, necesito decirte que comparto con los apóstoles el desasosiego. Asumir el fracaso en teoría puede ser relativamente fácil. Pero cuando llega la realidad muy concreta, tan real…, nos da miedo…
Cuando has puesto tu ilusión, tu tiempo, tu esperanza y tu trabajo en un proyecto, el proyecto del amor evangélico, en algo que juzgas bueno para la gente y vas viendo que eso no sale, que todo va hacia el fracaso… entonces lo de fracasar se convierte en una verdadera tragedia.
Porque lo vives no sólo como el fracaso de una tarea. Es tu vida y tu persona la que fracasa. Todo se hunde y tú te hundes con todo. Ya sé que de esto tú sabes mucho y nos comprendes.
Me duele ver a los hijos de Dios vivir como si no tuvieran padre, son mis hermanos. Y, si saben que nos tienes, como hijos que lo abandonan para enredarse en otros asuntos, porque bien sabes que todos y cada uno de nosotros nos enredamos en tantas cosas que no sirven para nada…, ¡somos unos enredas!
Me cuesta aceptar que Dios casi siempre pierde, que se le margina, que se le olvida, que es más fácil ir a lo mío…, y nos queda bien aquello de: “cada uno en su casa y Dios en la de todo”, ¡qué hipocresía!
Me duelen las incoherencias y el fracaso de la Iglesia con la que me juego el sentido de mi vida. Por eso, con mis miedos a cuestas, me alegro que me hayas invitado hoy a subir contigo al Monte Tabor (con lo de veces que he estado allí con los peregrinos celebrando el misterio eucarístico) y verte asumir el fracaso poniendo en manos del Padre tu vida, tu causa, tu confianza, todo, todo...
Pero es tu voluntad, que así sea.
Yo procuraré, aunque sé que me cuesta, estar a tu lado, como Pedro, Santiago y Juan…, y con sinceridad, me gustará oír tu conversación con Moisés y Elías…, aunque a los cristianos en esta Cuaresma nos sigue costando entrar en conversación contigo, en “oración”, nos quedamos en unas cuantas devociones y punto.
Bitácoras
