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Carta dominical XXXII


10 noviembre 2024

¡Hola!

Estimado amigo Jesús, de nuevo nos  vemos en el día de la Iglesia, el Domingo. Tú eres el  Camino por donde quiero transitar, para saber que voy por la vida con paso firme y con el horizonte despejado. Contigo, rumbo a la plenitud de lo humano y de Dios. No hace mucho nos decías en el evangelio que “ni un vaso de agua dado con amor, quedará sin recompensa”. ¿Cómo ve Dios tantos vasos de agua dados con amor? Nos lo aclaras cuando nos dices que “Dios ve en lo escondido”. Y lo sé, lo creo.

Esto se me vino al corazón porque hoy te veo a ti captando, como Dios mismo, lo que nadie vio, poniendo tu atención donde nadie la puso. Seguro que a muchos se le iban los ojos al ver la cantidad de dinero que los ricos ponían en la alcancía y a lo largo de la historia tantos ricos “ricachones”, de ayer y de hoy, aquellos que no solo veías dinero, sino mirabas en lo profundo de aquellos ricos…, ricos y duros de corazón, su limosna no tenía valor, y hoy tampoco tiene valor, nunca tendrán valor, porque sólo dan de lo que les sobra…, “migajas”, que son ante el Evangelio “asquerosidad”, “mezquindad”, “ruindad”…, etc. Siempre dan lo que les sobra, pero no solo dinero…, les sobra la riqueza de su egoísmo, de su soberbia, de su ego, de sus “tropelías”, de su “orgullo” y “altanería”… ¿qué casta Señor? 

Pero aquel día era un día de milagros, y hermano, si te detienes un poco, sobre todo si te pones delante del Sagrario descubrirás cuántos milagros: el de la pobre viuda (que en Israel por ser mujer, y encima viuda no era nada, ni pintaba nada… ¡qué triste Jesús!) Y vino una viuda pobre, en la que nadie se fijó, salvo tú, es que siempre estás con tu mirada cariñosa, tierna, generosa..., y que poco te miramos Señor Jesús. 

Y los “socarrones” de los “ricachones”…, estaban al acecho para fijarse que apenas puso dos moneditas, “basurilla”… que para ellos no tenía valor sin valor. Y tú, que sabes mirar como Dios, viste en aquel gesto la ofrenda más grande, la que da gloria a Dios por tener hijos de ese “calibre”, de esa “talla”, de esa “finura”... “Aquella viuda, que pasa necesidad, dio todo lo que tenía para vivir”. Por amor, por confianza en Dios se arriesgó a no comer aquel día, y sin saber cuándo volvería a tener unas “monedillas” para comer... (en el Convento Franciscano de Cocentaina, estamos recogiendo alimentos… de todo…, para Cáritas de Valencia, y al salir llegaba una Señora –Senyra-, y la saludé: Buenas tardes, y ella respondió: Bona vesprada. Qué desea le pregunté y me contestó: “solo tengo este poco de arroz”, y lo doy para los damnificados de Valencia. Era lo que tenía, pues se veía que era “pobre”. Lo recogí muy agradecido “Agrait”, que Dios la bendiga, gracias -Déu la beneisca, gràcies-, y se fue emocionada per el Carrer del Convent).

Y tú Señor lloraste de emoción, en el Templo y en cualquier lugar. No sé si tú, o yo, nosotros, somos capaces de llorar ante la realidad tan cruda de la vida. 
Señor Jesús me da que sí, porque en ella te viste entregando la vida por todos, dando todo lo que tienes, diste tu vida en el árbol de la Cruz. 
Después llamaste a los Apóstoles. Y tú que les habías dicho “aprendan de mí”, hoy les dices, bueno nos dices: “aprendan de esta viuda pobre”. Los invitaste a mirar donde tú mirabas y a mirar como tú mirabas. Eso también es seguirte: aprender a mirar como tú, el que sabes mirar como Dios, para que no se nos escape tanto bueno que sucede a nuestro alrededor todos los días. 
Señor, quizás vamos tan apesadumbrados por la vida porque sólo vemos lo aparatoso, el bulto grande, como los que sólo veían la cantidad de dinero que ponían los ricos, y se nos escapan los pequeños gestos de amor de tantas personas buenas. Los Bartimeos te decíamos el otro día: “Señor, que vea”. Hoy te lo vuelvo a pedir. Y quizás nos llenemos de esperanza al ver tantos tesoros de bondad y generosidad escondidos en el basurero del mundo. 
Jesús, que nos arriesguemos a aprender de la viuda. 

Señor que aprenda de ti.