Un domingo más de julio, y de nuevo ¡Hola!, amigo Jesús. Y un día más con la seguridad de que siempre me escuchas, y en poco algo te pediré, al menos ¡salud! ¡paz!...
Señor, tú sabes cómo soy y cómo voy, a veces muy bien, entretenido… y en otros momentos algo “distraído”. Hoy me he levantado dando vueltas a tu oración: “Padrenuestro”…, sobre todo, hoy pensando en ese final: “no nos dejes caer en la tentación”, tal vez, el que pido con menos fortaleza, porque como humano, y veces no soy consciente de que soy “tentado”, por un sin número de tentaciones. Lo sé, y muchas veces no estoy despierto, y no te pido que me libres de la tentación de ser el centro de mí mismo; de ver todo como bueno o malo según me convenga; de tener contigo una relación comercial: “yo te doy y tú me das”; de “usarte” para engrandecer mi prestigio personal, para ser alguien en la vida. No veo como tentación la comodidad que me impide amar y ayudar más. No veo como tentación la desgana para orar o el miedo a arriesgar por ti y por las personas…
Ufff, Señor, creo que si sigo no termino. ¡Son tantas…! Jesús, amigo, que veamos la realidad, aunque ésta aparece muy “embellecida”, o más bien “disfrazada”... porque eso del disfraz nos va bien a todos.
Del evangelio de hoy, hay puntos que me han llegado al corazón. Hablas de “expulsar demonios”. El Reino de Dios se construye cuando se crea “fraternidad”, claro contigo mi Dios, cuando nos sentimos hijos queridos, confiamos y enviados. Y “fraternidad”, con todos cuando nos sentimos y actuamos como hermanos de verdad, “fratellos”. Pero hay tantas fuerzas endiabladas que se mueven dentro de nosotros y en el mundo que lo están haciendo imposible… Hoy nos mandas que “expulsemos demonios”. Y quiero empeñarme y casi muy “cabezón” por echar demonios y no pongo manos a la obra de trabajar y ser más fraterno…, soy un caso perdido, ¡échame una mano Señor!
Y lo de acompañar, sanar y curar a los enfermos. Siento mucho no tener fe ni como un granito de mostaza para aliviar algunos dolores, los míos propios, y menos los de los demás, que sufren y sufren. ¡Ayúdame Señor! Pero en cambio sí voy entendiendo que el amor de cada día es sanador, que con un pequeño gesto de amor ¡hago milagros!, fíjate, una sonrisa sincera y acogedora puede resucitar a una persona que se siente sin vida, y está en las últimas...
Y eso de “sacudirse el polvo de los pies y marcharse…”, te confieso que me da vértigo. Que nadie lo tenga que hacer conmigo. Que yo no lo tenga que hacer con nadie. Pero ahí está tu palabra. Dame, Señor, amor y paciencia, luz, mucha fuerza, ilusión, esperanza, paz..., ya ves como termino pidiéndote…, que siga así, es bueno decirte ¡Señor! Échame una mano, o dame un empujón…, ¡porfa!.
¡Gracias Señor!
Bitácoras