Decía, oraba y exclamaba san Francisco de Asís: “Dios mío, y todas mis cosas”. Y hoy el Señor nos envía a bautizar, a anunciar el santo Evangelio en el nombre del Dios Uno y Trino. Y además “nos promete que estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20). Ya ves Señor, tu amigo Mateo –el publicano- recogió estas palabras tuyas, y lo pienso, me alegro, y me asombro del inmenso privilegio que es saberme aquí contigo. Tú, Dios eterno con el Padre y con el Espíritu, y ahora a mi alcance, aquí conmigo, aquí, de tú a tú, a la escucha de mi palabra y mi búsqueda… Y yo, tan pequeño, me puedo sentir envuelto por tu mirada y por tu amor. Y es que has decidido ser mi amigo, eso, ser mi amigo, mi amigo total y siempre. Quiero decirlo de nuevo: ¡Qué suerte tengo! ¡Gracias!
Como todas las mañanas la oración litúrgica, y el tiempo común y personal de oración…, y hablo con Espíritu Santo, de Ti, y del Padre bueno… y “hablé” y “hablé”…, luego “escucho”, pero cuantas veces no entiendo casi nada. Y es que en mi corazón te busco e intento que mis hermanos te encuentren y gocen contigo. También, amigo, vivo en el intento de seguirte en eso de vivir la fe en el Dios amor, amando, de acoger a todos como Dios, de perdonar a todos como Dios, de dar lo que soy y lo que tengo como Dios, de aceptar, como riqueza, que cada uno sea distinto y original como Dios lo hizo, pero confieso que no me sale bien, no sé, lo intento pero no me sale bien, y mañana volver a empezar.
Tú sí que lo supiste hacer como nadie. Y se comprende porque venías de la mejor escuela donde se vive así, porque venías del Dios-Trinidad, del Dios-Familia, del Dios-Comunidad. Pero el Evangelio ya me deja claro que, entre nosotros, la cosa es mucho más complicada, muy complicada…, porque no sé, como lo hacemos pero lo complicamos todo. Tu apóstoles y aquellos primeros discípulos también ¡que complicados…!, ¡Qué difícil lo tuviste! Y estaban contigo, el mejor maestro. ¡Cuánto te costó hermanarlos! ¡Cuánto te costó que no quisieran imponer lo suyo a los demás! ¡Cuánto te costó que fueran sinceros, leales, servidores…, grupo!
Yo sé que la Comunidad es la escuela buena, o debería ser la mejor escuela, pero lo complicamos con nuestros roces, heridas… ¡bufff!... y donde se aprende a ser hermanos, a ser Fraternidad, pero lo desbaratamos todo con nuestras cosas, historietas, con nuestras visiones pobretonas…, pero es ahí en la Fraternidad donde se puede vivir como quiere el Padre nuestro y donde uno puede crecer como persona y como hijo de Dios. Y sé que cuando nos reunimos en tu nombre “allí donde dos o tres estén reunidos en tu nombre, allí estás Tú”, así tenemos garantizada tu presencia amistosa. Sé que aislándose, encerrándose en lo propio, incluso estando con otros, nos empobrecemos y nos corrompemos. Sé que si sólo contamos con nuestras fuerzas y no con el apoyo de los demás, no llegaremos muy lejos y nunca, nunca seremos creadores del mundo nuevo que el Padre quiere. Porque vivir la fe en comunidad, en fraternidad evangélica es fundamental, Señor, hoy quiero pedirte por todos y cada uno de los que formamos tus grupos, porque somos tantos grupos que unidos formamos la Iglesia, pero también tengo, tenemos que aprender a ser, querer y sentir que soy, que somos la Iglesia, tu Iglesia Señor.
Quiero contar contigo, no dejes solo Señor, que me pierdo.
Así lo espero.
Bitácoras