“No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios”
Así te aclama el pueblo sencillo: LA INMACULADA.
En la historia de la espiritualidad mariana, entre los acontecimientos más fascinantes destaca el proceso que desembocó en la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. El pueblo fiel tenía un respeto reverencial por la «Theotokos», es decir, la Madre de Dios, pues desde el siglo V a María se la representaba como una reina madre, sentada y con su Hijo sobre sus rodillas.
Y el teólogo franciscano, el Beato Juan Duns Escoto, Doctor Sutil y Mariano, el gran teólogo medieval, fue el primero en demostrar no sólo la posibilidad teológica de la “Concepción Inmaculada de María” que mostró una forma de apoyar teológicamente la devoción a la Inmaculada Concepción de María, sino que, además, aportó razones válidas para defender en María la efectiva y total exención de pecado original querida por Dios en previsión de los méritos redentores de su Hijo Jesús. Esta formulación “inmaculista”, llegó al privilegio mariano del triunfo dogmático en 1854, (8 de diciembre) por el Papa Pío IX, que proclamó y afirmó que la Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado, incluido el pecado original. El colegio episcopal apoyó el dogma, teniendo como base los postulados del Beato Duns Escoto, pero sobre todo los obispos prestaron atención al pueblo fiel, constatando que el pueblo de Dios creía firmemente que la Virgen es Inmaculada.
Para la escuela franciscana, la Encarnación del Verbo es la “obra máxima”, más absoluta de la Santísima Trinidad (summun opus Trinitatis). Dios la quiso por sí misma, es decir la quiso de manera absoluta, sin estar condicionada al probable pecado de Adán, y aunque Adán no hubiese pecado, el Verbo Divino se habría encarnado. El misterio Trinitario al difundir su Amor fuera de sí, ha querido, ante todo, la Encarnación del Hijo, ha querido a Aquella que debía ser la Madre del Verbo Encarnado. Ese Verbo es el Redentor de todos los hijos de Adán. Y aunque María siendo hija de Adán, ha sido elegida y querida por Dios como Madre del Verbo Encarnado. Fue redimida por voluntad divina. Su Concepción Inmaculada, fue total preservación de la contradicción del pecado. Su maternidad divina no es sólo clave del misterio de Cristo, sino también la matriz de toda la existencia santísima de María desde su concepción hasta su gloriosa asunción al cielo. La espiritualidad franciscana reserva y ensalza títulos como “Señora”, “Reina”, “Madre”, “Mediadora”, “Virgen hecha Iglesia”…
El debate sobre de la Inmaculada Concepción generó una larga lucha teológica entre «maculistas» e «inmaculistas» que parecía que nunca se iba a acabar y provocaba cierta división en el seno de la Iglesia. Nosotros todos los fieles cristiano a Ella nos dirigimos de todo corazón que interceda por nosotros ante Dios o al contemplar una imagen suya, en ese momento sentimos en nuestro interior, con gran claridad, que María es la Pura y Limpia Concepción.. También lo sentimos al rezar junto a ella, con fe y devoción, el santo Rosario. En ese momento, podemos experimentar como nuestro corazón se pone en sintonía con el inmaculado corazón de María y sentimos cómo ella nos transmite su pureza, sanándonos por dentro. Es algo que muchos de nosotros hemos notado interiormente. Por eso no tenemos duda de que la Virgen María fue preservada de toda mancha de pecado. Aunque quizás no lleguemos a comprenderlo teológicamente, nuestro corazón lo ha experimentado con la misma claridad con la que nuestros ojos pueden ver la luz del sol. Esa es la clave del dogma que hoy estamos celebrando.
El tiempo de Adviento es muy propicio para meditar sobre la Inmaculada Concepción, un misterio que entró con fuerza y dulzura en el pueblo cristiano.
“Ninguno del ser humano
como vos se pudo ver,
que a otros dejan caer
y después les dan la mano.
Mas vos, Virgen, no caíste
como otros cayeron,
que siempre la mano os dieron
con que preservada fuiste”.
L/Horas: P. de Padilla, OCD, final del s. XVI.
“¡Oh elegida por Dios antes que nada;
Reina del ala, propia del zafiro,
hija de Adán, creada en el retiro
de la virginidad siempre increada!”
Soneto de Miguel Hernández.
Este año la familia franciscana estamos celebrando los 800 años del “Cántico de las criaturas”, compuesto por San Francisco de Asís.
Salve, Señora, santa Reina,
santa Madre de Dios, María,
que eres virgen hecha iglesia
y elegida por el santísimo Padre del cielo,
a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo
y el Espíritu Santo Paráclito,
en la cual estuvo
y está toda la plenitud de la gracia
y todo bien.
Salve, palacio suyo;
salve, tabernáculo suyo;
salve, casa suya.
Salve, vestidura suya;
salve, esclava suya;
salve, Madre suya
y todas vosotras, santas virtudes,
que sois infundidas por la gracia
e iluminación del Espíritu Santo
en los corazones de los fieles,
para que de infieles hagáis fieles a Dios.
Saludo de S. Francisco de Asís a la Virgen Inmaculada (SalVM).
Así es, la Virgen María es inmaculadamente pura, y con suma generosidad nos transmite su pureza cuando oramos junto a ella, cuando le pedimos que interceda por nosotros o cuando contemplamos con fe una imagen suya en un sencillo belén. Esto es lo que hoy, con “mucha razón, y con mucha devoción, la Iglesia festeja”.
La solemnidad de la Inmaculada nos habla del Proyecto de Dios sobre el mundo y sobre el ser humano. Ese proyecto tiene diversos nombres: santidad, salvación, gracia, esperanza, misericordia...
Dios nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes, porque nos ha elegido en él antes de la creación para que fuéramos santos e irreprochables… A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad.
El proyecto de Dios mira hacia el futuro de Jesucristo (destinados en la persona de Cristo), que, en el origen (la creación), ya estaba presente y dejando su huella de santidad. Adán, en el comienzo, era, al mismo tiempo, santo y llamado a la santidad. En él no había pecado alguno. Y su estado de gracia estaba destinado a alcanzar su plenitud perfecta en Jesucristo, el Hijo a cuya imagen había sido creado. Esta es la perspectiva del plan de Dios. Un plan que no va del pecado a la gracia, sino de la gracia a la abundancia de la gracia.
El pecado supone la irrupción de una realidad que, en ningún modo viene de Dios, sino del propio hombre instigado por el Maligno. Una realidad que, desde entonces, marca la vida humana y envuelve a todo aquel que nace en este mundo (el pecado original). Pero cuidado, el pecado no responde a la identidad del ser humano.
La verdad del hombre, es la gracia, la santidad. El pecado, que es una posibilidad de lo humano a causa de la libertad, lo que provoca es una disminución de la calidad humana. Sí, el pecado es humano, pero deshumaniza. Hace que el hombre deje de parecerse a quien es (la semejanza), aunque siga siendo quien es (imagen de Dios).
Jesucristo, conforme a quien fue modelado el hombre, asumirá esa realidad del pecado cuando se encarne, liberando la libertad humana herida; por esta vía, no sólo hará que el ser humano se vuelva a parecer a quien es en verdad, sino que logrará hacerle alcanzar su verdadera estatura de hijo de Dios en el Hijo de Dios, en quien fue elegido y destinado a la gracia.
María, nos dice esta solemnidad, en virtud de la elección de la que fue objeto y para llevar a cabo la obra salvífica de su Hijo, fue preservada de toda contaminación del pecado. Es decir, María estaba en la misma situación de Adán antes del pecado y, por tanto, se cumplen en ella, de un modo único, que somos benditos, bendecidos por el Señor. María, manifiesta la verdad del designio humano de Dios sobre la criatura que, desde la gracia (¡alégrate llena de gracia!), se abre a la plenitud de la gracia en la Palabra (Jesucristo) de la que va a quedar grávida por obra del Espíritu.
El texto de la Anunciación del evangelio, que por un lado recuerda que María es la síntesis perfecta del Adviento, permite comprender, de manera bellísima, la grandeza de la condición humana en el plan de Dios. Una grandeza reflejada en la confianza de Dios en su criatura, a la que le propone en María su proyecto, esperando su libre asentimiento.
La celebración de la Inmaculada canta, en el sorprendente designio de Dios, la dignidad del ser humano. Dignidad que le viene de su Hacedor y que Dios respeta escrupulosamente. Junto a esto, la solemnidad nos invita a proclamar que Dios cabe en la humanidad y que nunca la humanidad es tan humana como cuando se deja conducir por Dios, cuando Dios habita su existencia. La veracidad de esto se comprueba en el milagro de la encarnación que María hace posible: la humanización del hijo de Dios.
Hay en esta solemnidad una idea que, en la singularidad de María, se extiende de manera universal. Se trata de la esperanza, la esperanza en el mundo que ha salido de la mano de Dios, y, especialmente, la esperanza en el ser humano. Por expresarlo de alguna forma, Dios cree y espera en las personas. Y lo hace porque las ha creado y las ama, porque la criatura humana es hija de Dios y Dios no desprecia nada de lo que ha hecho.
Los que celebramos en el adviento la solemnidad de la Inmaculada hemos de conectar con esta corriente de positividad teologal y reanimar la esperanza en un mundo humano que, con frecuencia, más bien, invita al desánimo y provoca frustración a causa de las guerras, las injusticias, la pobreza, el descarte, las polarizaciones irreconciliables, la soledad, el aburrimiento vital. Los cristianos en el contexto actual hemos de ser signos de esperanza.
En definitiva, el proyecto de Dios (el Reino de Dios, una humanidad y un mundo nuevos) es posible. El adviento y la Inmaculada tratan de movilizar al Pueblo de Dios en la dirección de ese sueño de Dios manifestado en Jesucristo. Un proyecto que cabe en el ser humano, que es su medida y su verdad. Un plan que grita que el hombre es bueno, aunque sea pecador, y que la gracia es su suelo vital característico.
Gracias al Dios que viene, y de María, la mujer acogedora de su venida, ha de crecer entre nosotros un impulso renovador del Espíritu, que nos conduzca a pronunciar hoy un asentimiento responsable a la actualización del misterio de la encarnación:
¡Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra!
La Iglesia celebra la espera de la venida del Señor para hacer presente la salvación. Al final de los tiempos, el que se encarnó, resucitó y ascendió a los cielos volverá glorioso para llevar a su plenitud la salvación.
El adviento se reconcilia el pasado, el presente y el futuro. El adviento es la medida de la comprensión cristiana del tiempo en el que se celebra la salvación. La pedagogía del adviento es el recuerdo: lo que sucedió ayer es la prueba de lo que sucederá mañana y de lo que, ahora, se anticipa en el presente.
Los profetas (sobre todo Isaías) son los encargados de desvelar lo que Dios va a hacer, su proyecto salvador. El profeta relata el sueño de Dios en forma de promesa. Todo es gracia. Dios, únicamente Él, es el que se compromete a realizar lo que promete. Juan Bautista, también profeta, aporta el contrapunto al don divino que anuncian los viejos profetas. Juan, en el adviento, representa la responsabilidad. Dios va a hacer, sí, pero el pueblo y los hombres tienen también algo que aportar. Se trata de la libre aceptación del regalo divino, que se sustanciará en la preparación responsable de los caminos del Señor. Y es que, sin conversión, la realización del sueño de Dios se complica, la promesa no se cumple. Por eso, la gente preguntaba al Bautista: ¿qué hemos de hacer?
María es la síntesis perfecta de lo que es el adviento: ella hace real la venida del Salvador, la concreción del sueño, del proyecto, de la promesa. María, por eso, es la comunión, en sí misma, del don y de la libertad, del sueño (darás a luz al Hijo de Dios) y su acogida responsable (hágase en mí según tu palabra). De ahí que el adviento de Dios pase por ella. Es todo un referente para la Iglesia y para nosotros.
¡Ave María Purísima!
Bitácoras