En la liturgia: “Nosotros damos culto en el Espíritu de Dios” (Flp 3,3)
Hoy parece que la liturgia de la Iglesia se percibe más como un problema que como un recurso a utilizar, y no olvidemos que el futuro del cristianismo en Occidente depende de la capacidad que la iglesia tenga de hacer de su liturgia manantial de la vida espiritual de los creyentes. La liturgia es una responsabilidad para la Iglesia tanto de ayer, de hoy como de mañana, por eso la pregunta y la respuesta, no tanto cómo los creyentes viven la liturgia, sino si los creyentes viven de la liturgia que celebran. Vivir de la liturgia que se celebra significa vivir de lo que la liturgia hace vivir: el perdón invocado, la palabra de Dios escuchada, la acción de gracias elevada, la Eucaristía recibida como comunión, para ser comunión fraterna. Si viven de la liturgia, los creyentes vivirán de otra manera la liturgia porque ella misma tendrá la energía espiritual esencial para ser fuente de vida espiritual de los creyentes. No olvidemos que la liturgia es el modo específico a través del cual la Iglesia vive de Cristo y por Cristo, y hace vivir a los creyentes de Cristo y por Cristo. Las palabras y los gestos litúrgicos están en orden a: “Para mí vivir es Cristo” (Flp 1,21).
Se puede celebrar la liturgia a lo largo de toda una existencia sin vivir la liturgia celebrada, sean pastores, consagrados o laicos. Después del Concilio Vaticano II, la liturgia se ha convertido o no en manantial de la vida espiritual del creyente. No olvidar que la tradición cristiana ha considerado la liturgia como el seno fecundo de la Iglesia en el que el cristiano es engendrado. La liturgia es la parturienta, la que da a la vida. La liturgia no se asigna el propio fin en sí misma, sino que lo recibe de la realidad santa que ella celebra y que no sirve a nadie más: el misterio de Dios en Cristo que en la profesión de fe confesamos ser “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. La liturgia, como el misterio que ella, es “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”. El objetivo de la liturgia es la santificación del hombre: por la santidad de vida que se da gloria a Dios. El criterio es la calidad de la liturgia, que no es otro que la calidad de vida espiritual de los que celebran. Hay predisponer todo para que los cristianos encuentren en la liturgia el alimento de su vida de fe; de otra manera, celebrarán la liturgia sin vivir de ella.
A poco más de medio siglo de la elección fundamental del Concilio de recolocar la Palabra de Dios en el corazón de la Iglesia, se consta el gran crecimiento en el conocimiento de la Sagrada Escritura, que gracias entre otras al redescubrimiento de la lectio divina realizada por todos, pastores, consagrados, laicos, muy atentos en partir el pan de la Palabra. Esto ha propiciado el nacimiento espontáneo de un gran número de grupos bíblicos donde los laicos se encuentran semanalmente para leer y meditar juntos la Sagrada Escritura. Aun así no es posible afirmar que la liturgia sea el alimento de la vida espiritual de los creyentes como lo son hoy la Escritura. Lo que se ha hecho con la Biblia ha faltado con la liturgia. La Iglesia pondrá a los creyentes en la condición de poder vivir la liturgia en la medida en que sepa enseñarles un método para la comprensión de la liturgia que celebran. Por esto se hace urgente un tipo de lectio de la liturgia que permita conocer el sentido y los gestos litúrgicos para interiorizar el misterio que celebran. Esto significaría, acceder al misterio de la Eucaristía comprendiendo el sentido de la plegaria eucarística. Interiorizar la dinámica y el contenido de la anáfora significará alimentar la misma vida de fe con la fe de la Iglesia en el misterio de la Eucaristía que se expresa en el grado más alto y pleno de la anáfora. Pues, hasta que el creyente no haya hecho suyo el sentido de la plegaria eucarística, él buscará el sentido de la Eucaristía no en cómo la Eucaristía es celebrada por la Iglesia sino por otros ámbitos, que pueden ser válidos pero que no le permitirán vivir el misterio de la Eucaristía como él lo celebra. Será una fe eucarística auténtica pero todavía no una fe eucarística completa.
El adagio lex orandi, lex credenti no vale solo para la Iglesia en su conjunto, sino que es un principio de la vida de fe de cada cristiano. Si la Iglesia cree como reza, también cada cristiano está llamado a creer como reza.
Interrogarse sobre cómo los creyentes viven la liturgia significa, tomar conciencia de la necesidad de enseñar un método para que cada fiel pueda sacar directamente del manantial de la oración de la Iglesia. Se trata de llegar no un simple conocimiento intelectual, sino de una comprensión espiritual y existencial. Aquello de (Hch 8, 30) “¿Entiendes lo que está leyendo?”, vale para la liturgia: “¿Entiendes lo que está celebrando?”. Hay que guiar hacia el misterio. La mistagogía es el método y el instrumento que la Iglesia antigua nos ha legado para hacer que los creyentes vivan de lo que celebran. Hagamos una lectura espiritual de la liturgia, intentemos en lo personal, en lo grupal, en lo fraterno, en lo parroquial, en lo diocesano un esfuerzo por adentrarnos en las entrañas de la sagrada liturgia (nuestros hermanos de las Iglesias orientales la llaman: “la divina liturgia”).
Francisco M. González Ferrera, OFM
Bitácoras
