El altar (2)

Los altares tenían que tener siempre, en el lugar en el que se guardaban la hostia o el cáliz, una piedra de consagración (el ara), que habitualmente se colocaba en el centro del altar cristiano, generalmente embutida en su tablero, para la celebración de la Eucaristía. En los primeros siglos, el altar se situaba en el centro del presbiterio, y el oficiante estaba de cara a los fieles; servía (sirve) para disponer, sobre él, los objetos rituales y de culto y para dar mayor relevancia al sacerdote, de manera que quedara separado del resto de los asistentes al oficio y subrayar su contacto más directo con la divinidad.

En el cristianismo se compone de una mesa donde el sacerdote ora, además de una serie de elementos simbólicos como, por ejemplo, una cruz latina (con o sin la figura de Jesucristo) o una o dos vela, que representaban el principio y el fin con las letras alfa y omega. La Iglesia católica los adoptó desde su origen para la celebración de la misa pero hasta el siglo III debió servirse de mesas comunes de madera. Llegado dicho siglo, si no antes y sin abandonar del todo los usos originales, se constituyó el altar con el sepulcro de algún mártir, colocando encima de él una lápida a modo de mesa.

En las catacumbas de Roma hay indicios de cuatro formas de altares:

  • Los portátiles o movibles, a modo de trípode o de mesa,
  • Los fijos y aislados, que se componen de una lápida sobre un pie derecho en medio de un cubículum,
  • Los adosados a modo de sarcófago aplicado a un muro,
  • Los arcosolios o sepulcros de mártires insignes cuya tapa servía de mesa, bajo un arco o bovedilla en un nicho decorado.

Desde la paz constantiniana, se construyeron altares de mayores dimensiones, dándoles la forma de mesa rectangular sostenida por una columna central o por cuatro en los extremos y colocándolos en medio del ábside o el presbiterio de las basílicas, siempre sobre algún sepulcro de mártir, hasta que en el siglo VII empezó a encerrarse en ellos sólo algunas reliquias de diferentes mártires, como hoy es costumbre.

Fr. Francisco M

 

Fray Francisco M. González Ferrera, OFM. 

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