Los dos abrazos. A la dama Pobreza y a la hermana Muerte
El pasado 17 de octubre fui a ver El último cántico de Francisco y todavía no he vuelto del todo.
Lo primero es gracias. Fue una producción sencilla que lo llenaba todo: la interpretación, las voces, la música, la puesta en escena y un guion que te envolvía en la vida de Francisco. No había artificio; había verdad. No parecía que actuaran: parecía que rezaban. Y así, , nos tocaron el corazón.
Rompí a llorar cuando Francisco abraza al leproso. Y las lágrimas ya no me soltaron hasta su abrazo a la hermana Muerte.
Me descubrí mirándolo como lo mira una hermana: con ese amor que se alegra de cada paso del otro y al que le duelen sus heridas como propias, y con la admiración de quien, al verlo, reconoce el camino al que también se siente llamada. Desde ahí lo escribo.
Hermano Francisco, en aquel primer abrazo te vi casarte con la dama Pobreza. No con la falta de cosas, sino con vaciarte de ti para que cupiera el otro. Te acercaste a quien te daba miedo, y se te volvió dulzura. Tus manos, que abrazaban al leproso, iban aprendiendo a soltarlo todo. Manos vacías para que Dios las llenara.
Y me preguntaste, sin decir nada, por las mías. Por las personas y las heridas ante las que todavía me cuesta quedarme. Y por esa sencillez de la que tanto oigo hablar y cuya hondura todavía no alcanzo. Intuyo que tiene que ver con no apropiarnos de los dones y carismas que hemos recibido, con aprender a equilibrar el don y la tarea… pero luego me doy cuenta de que es mucho más, y sigo aprendiéndola de ti.
En el segundo abrazo llamaste hermana a la muerte. Sin miedo. Como quien sale al encuentro de Alguien a quien lleva toda la vida buscando. Ahí entendí que no era un final: era tu Pascua. Y yo solo pude quedarme mirándote, agradecida y con el corazón en carne viva.
Entre esos dos abrazos cabe una vida entera. Y me conmueve tanto pensar que eras humano, con tu cuerpo, tus miedos y tus resistencias. Que viviste aquí, como nosotros, y llegaste a estar tan unido a Cristo.
Entonces me sale la pregunta que casi me da vergüenza decir: ¿por qué no a mí?
Y enseguida aparece la otra voz: «¡Hala! ¿Tú qué te has creído que eres?».
Pues yo qué sé. Pero lo deseo. Salí del teatro sabiendo que no se me ocurre un objetivo mayor que la santidad. No como un logro, sino como un dejarse abrazar.
Hermano Francisco: enséñanos a abrazar como tú.
Mariola Corega. Aprendiz y enamorada
