Mucho silencio y algún mono azul
De vez en cuando necesitamos “resintonizarnos”, porque el ajetreo diario tiende a apartarnos de lo esencial. Trabajar en silencio, y dejarse trabajar por el silencio, nos ayuda a volver a coger la onda de Dios.
Esa es la experiencia que desde hace ocho años practican en nuestro convento de Santa Ana un matrimonio amigo, Vicente y Dolo, cinco o seis fines de semana al año. Tres horas diarias de trabajo intenso en el huerto, en silencio absoluto, y seis horas de oración personal en la capilla. Compartiendo con los frailes el rezo del Oficio divino, las comidas y un largo paseo por el bosque después de la cena.
Fray Manolo Tercero Cancho, que vivió junto a ellos muchos momentos de adoración, empezó a llamarles cariñosamente “los callaos”, y con ese afectuoso nombre los seguimos denominando cuando vienen a esta que ellos saben su casa.
El fin de semana pasado, 12 y 13 de febrero, cuatro personas más, Cali, Teresa, Ángel Luis y María Ángeles han venido a Jumilla a participar junto a ellos de esa experiencia. El trabajo físico ha sido intenso e inmenso, pues han limpiado de leña seca todo el huerto: dos contenedores de treinta metros cúbicos.
Y el haberlo hecho dejándose habitar por el silencio ha sido muy plenificante, como reconocían ellos mismos el domingo, antes de la eucaristía final: “... el silencio no es el fin, sino el marco que posibilita todo lo demás, como el germen del que todo nace... Callamos para permanecer totalmente atentos al Señor que nos habita y habita cuanto existe... Vivir el tiempo sin agobio, porque solo llena mi tiempo la presencia de Dios, que es eternidad, y solo Él basta para colmarnos”.
Que el Altísimo mismo los bendiga y les pague con creces el trabajo orante y la hondura de vida y de fe que han querido compartir con nosotros.
La fraternidad de Santa Ana del Monte
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