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Saber Mirar, para saber Amar, para hacer Misión


12 Enero 2023

Un buen amigo y hermano, que también me ayuda en estos menesteres, me aconseja que escriba sobre las gentes de este pueblo, sobre estas gentes con las que me encuentro día a día, porque ellos son mi misión y yo soy misión para ellos. Pero aun no llevo el tiempo suficiente como para poder escribir sobre sus historias. Lo que sí puedo compartir con ustedes es lo que, en un principio, me llamó la atención, lo que me extrañó de esta gente y sus costumbres…

La compañía constante del hermano perro

Por ejemplo, algo que me llamó poderosamente la atención es la cantidad de perros que te encuentras por la calle. Perros que no tienen dueño y que, debido a una ley, no se pueden matar.

Hasta aquí me parece bien, ocurre como allá en Europa, donde el cuidado excesivo y la “superprotección” hacia los animales les dan prioridad, por ejemplo, por encima del cuidado de los mayores, porque suponen gastos; superando de derechos a los niños que vienen de camino, porque complican la vida… pero estos no son el tema de hoy.

Dejando a un lado las comparaciones, estos perros que vagan por las calles son perros sin razas, mestizos… similares en su desamparo. No tienen ningún control veterinario, por lo que, salvo pocas excepciones, todos están enfermos o de sarna, o cubiertos de pulgas y otros insectos, o mutilados, o mil cosas más… Viven como pueden y por eso a menudo son violentos y otras veces tranquilos, pero siempre apremiados por la ley de la supervivencia.

Esos perros enfermos, como digo, campan a sus anchas por las calles, y no es raro verlos en la Iglesia, mientras celebramos la Eucaristía, o verlos dentro de las tiendas, o dentro del Mercado Central Señor de los Milagros. Pero también entran en contacto con niños pequeños que llegan a contagiarse de las enfermedades que estos animales portan.

La fiesta de la hermana muerte

Otra cosa que me llama la atención es la relación con la muerte. Si en España la muerte es “escondida” en tanatorios y demás, aquí aún se vela al difunto en las casas. Ese velatorio puede durar de uno a tres días, con sus tres noches, dependiendo de lo que tarde la familia en recopilar el dinero que cuesta enterrar al difunto. Durante ese tiempo, la familia del difunto está obligada a dar de comer y de beber (especialmente beber) a todo el que se acerque al velorio… al final pasa como en cualquier romería, puede pasar de todo.

Durante esos velatorios no es extraño que algún familiar, normalmente varón, tome unas cervezas de más, y vayan al responso (normalmente a las 15.00 de la tarde) que se tiene en la Iglesia antes de enterrar el cadáver. Y claro, algunos llegan muy “perjudicados” por tanto alcohol.

En estos responsos no es raro ver a niños… en ocasiones muchos niños, alrededor del ataúd, como con curiosidad… en medio de la fiesta.  

Pero lo que no debe faltar en el responso es el agua bendita; puedes hablarle en arameo, contarles “El Principito”, prepararte una homilía bonita, hablar bien del difunto… pero sólo si al final rocías la caja con agua bendita (y cuanto más, mejor) los familiares quedan tranquilos.

Luego viene la “misa de honra”, así es como llaman a la misa de los 8 días. Pero no se queda solo ahí… también piden “misa de honra” pasado un mes, o 5 meses, al año, y hasta los 25 años después del “sensible fallecimiento” del difunto. En algunos casos, se hacen camisetas, llaveros, pulseras, etc. con una foto del difunto o difunta… como una forma de mostrar que su recuerdo pervive en la familia… Es una relación curiosa con la muerte que intento entender y que me interpela espiritualmente.

La extrañeza del hermano-padresito misionero

Otra cosa que me llamó la atención es la cantidad de boticas que te puedes encontrar en una misma calle. No es raro que, en una calle de no más de 200 metros de larga, puedas encontrarte con cinco o seis boticas, una al lado de la otra… pero lo extraño es, no que puedas encontrar esos mismos medicamentos que se venden en el mercadillo de cada día, sino lo que puedes encontrar en esa botica. Si necesitas una bebida (gaseosa o cerveza), ve a la botica que la encuentras, si necesitas recargar tu celular, siempre hay una botica abierta que puede darte ese servicio.

Tampoco es extraño que puedas comprar una escoba en una carnicería, en la que espera uno de esos perros por si le cae algo. Llegas a acostumbrarte a que el camión de la basura anuncie su llegada con música, estos días de Navidad con villancicos. No es extraño que tengas que esperar más de una hora para un evento en el que las mismas autoridades llegan tarde… Al principio te parece todo muy pintoresco.

Todo esto puede parecer muy extraño, sobre todo si vienes del viejo continente, pero también debo confesar que a esa “extrañeza”, poco a poco, te vas acostumbrando, se va convirtiendo en algo atractivo. No voy a decir que el que entre un perro comido por la sarna en una carnicería sea “bonito”, no. Ni que te sorprenda que la celebración de un funeral se parezca más a un bautizo gitano. Ni parece muy saludable comprar una medicina en un puesto ambulante y conseguir una escoba en una botica… pero es así.

Lo que estoy diciendo es que, visto todo en su conjunto, puedes llegar a entender y encontrar el encanto de este lugar y de sus gentes. Y lo que para mí puede resultar extraño, para ellos es algo habitual… es más, el extraño soy yo.

La mayoría de estas personas no conocen más que esta ciudad; han nacido, han crecido y han muerto en ella, con su ambiente, sus costumbres y sus historias… y descubres que tienen las mismas aspiraciones que puedas tener tú: cómo mejorar un poco su vida, cómo luchar para sacar adelante a sus hijos, cómo ser un poco más feliz al final del día.

Para este fraile el choque de culturas fue muy fuerte. Me costó encajar muchas de esas extrañeces (y otras muchas más). Pero trato de no quedarme en el detalle concreto, en “plan turista”. Estoy aprendiendo a mirar todo este nuevo mundo en su conjunto, y poco a poco voy tratando de encajar en esta esquina del mundo, en medio de la selva peruana, aunque no lo podré hacer del todo, ya que, para ellos, siempre seré “el padresito”.

Yo soy el extranjero, el forastero… Sí también soy el ‘padresito’ misionero… y la misión se hace desde dentro, con ellos, hombro con hombro, o no logra evangelizar… En eso estamos, en dejar que el evangelio me cale muy hondo para escuchar de cerca como el evangelio late ya en este pueblo… Bendito pueblo, bendita misión, bendito sea Dios es evangelio de buena noticia para los pobres.

Fray Francisco Miguel Antequera, ofm

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