Es la única frase del Señor que me sé en griego. Bueno, el inicio de la frase solo, porque el versículo entero es «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Está en San Juan, capítulo 8 versículo 12.
“Luz del mundo”, “luz de la vida”, dos conceptos bien interesantes, porque nos describen perfectamente lo que, en modo coloquial, llamamos una foto, una fotografía. La fotografía es el arte de la luz. Es el arte de captar en unas décimas de segundo la belleza de la luz en un rostro, una figura, un objeto, un paisaje. El nombre, fruto de otras dos palabras griegas, significa, literalmente, escribir con luz.
El fotógrafo sabe ver ese milagro de la luz, y es capaz de plasmarlo en un carrete de celuloide, como se hacía el siglo pasado, o en la tarjeta de la cámara digital, incluso del móvil, si es de los que tiene una buena óptica.
Yo lo aprendí directamente de uno de mis formadores, hace ya más de cuarenta años, cuando me enseñó a revelar fotografías. Era un proceso apasionante: primero revelar los negativos en una habitación con una tenue luz roja, para que no se velasen, luego ponerlos en el proyector, ajustando muy bien el tiempo de exposición y que saliera nítida la imagen, la cubeta del revelador, el líquido de paro, finalmente dejar secar el papel...
Por aquel entonces todo en blanco y negro, y con unos medios técnicos que hoy nos parecerían primitivos. Todo analógico. Pero el arte era el mismo: captar la luz en una fracción de segundo y, gracias a las sales de plata y un poco de química y de física, ser capaz de plasmarlo en una pequeña cartulina rectangular.
Hoy, con el mundo digital, se ha hecho todo mucho más fácil y rápido, y se puede ver el resultado al instante, sin tener que esperar días o semanas como se hacía antes. Y puedes, además, seguir utilizando la luz y cualquier otro efecto en el ordenador para conseguir el grano deseado, los píxeles y contrastes adecuados, la imagen perfecta.
Antes todo muy manual y artesano, y hoy todo muy digital y computerizado. Pero la idea de fondo y el resultado querido no han cambiado: capturar la belleza de la luz y lograr plasmarla para mostrarla a los demás.
Por eso el arte de hacer una simple fotografía es un don que nos da Dios y tiene mucho que ver con lo que es Cristo, la verdadera luz del mundo. Captar la belleza no es sino capturar en un instante lo hermoso que es Dios y su creación. Y tienes que tener dentro algo de Dios para poder hacerlo así.
El resto, el tratar la imagen con posterioridad, es importante, pero no deja de ser un proceso técnico, bien por vía analógica, bien por vía digital. El arte primigenio, el privilegio de identificar el momento exacto en que la luz hace su milagro, es algo que Dios ha concedido a algunos pocos solo.
Y esos dones de Dios se tienen que compartir. Son de Dios, luego son para los demás. Y hoy, que almacenamos en los móviles miles y miles de fotos, corremos el riesgo de olvidarnos de ese pequeño gran milagro hecho con luz.
San Francisco de Asís, que murió prácticamente ciego, no lo olvidó. Y fue capaz de dejarnos, cuando ya nada veía, las que según él eran las mejores instantáneas del cosmos que había hecho el creador del universo. Es lo que hoy conocemos como “Cántico del hermano sol” o “Cántico de las criaturas”, una bellísima poesía que es capaz de poner luz y vida hasta en los momentos más oscuros de nuestra existencia.
Con la luz del mundo y con la luz de la vida, dos sinónimos del mismo Cristo Jesús. Recuerda lo de San Juan: Egó eimí to fos to kosmu... kai to fos tes zoés, o sea, «Yo soy la luz del mundo... [y] la luz de la vida».
Bitácoras
