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Aquí, redondeando


03 Febrero 2026
En mi descargo tengo que decir que lo he intentado. Suena a escusa barata, pero es cierto. Como es el mes de los difuntos y tengo el tema todavía a flor de piel, me he puesto a escribir sobre el amor, la muerte y la resurrección. Pero enseguida ha derivado la cosa a una crítica contra el jálogüin ese de la porra, y he preferido dejarlo para no hacerme más mala sangre.
Lo de “redondear” ocurrió exactamente el 3 de julio, porque apunté la anécdota y la fecha por si luego me servía para uno de estos articulillos. Estábamos en la cocina Oliver, la cocinera y un servidor, tomándonos el café de las once. Le pregunté a María Antonia que cuánto le habían costado las vitaminas que pidió por internet, para darle yo el dinero, y me dijo una cifra exacta, sin decimales. Se ve que la miré con cara de no creérmelo mucho y me soltó: “Es que yo redondeo”. Y entonces me lancé al ruedo con todo el equipo: “¡No!, aquí el que redondea soy yo, especialmente por la parte de la barriga”. Nos echamos los tres a reír, porque mi perfil nunca ha mentido, y esa fue nuestra broma recurrente durante unos días. Para colmo, ese mes estaba con nosotros uno de los frailes jóvenes, Antonio, que se apellida Redondo por parte de madre, y no recuerdo bien qué dije o hice en esa misma semana, alguna cabezonería, sin duda, que debe ser típica también de la parte materna de su familia, porque me espetó: “Eres más Redondo que yo”.
Independientemente de la forma del abdomen o de lo tozudo que uno sea, eso de redondear es una actividad que deberíamos convertir en actitud, que es lo que creo que hace Dios con cada uno de nosotros. A ver si consigo expresarlo sin liarme demasiado. La cuarta acepción del verbo “redondear”, según el diccionario de la R.A.E., dice: «Prescindir, en cantidades, de pequeñas diferencias en más o en menos, para tener en cuenta solamente unidades de orden superior». Cuando se trata de números es algo fácil de efectuar, y normalmente todos lo hacemos sin mayor problema. Pero lo ideal sería aplicar eso también a la vida, a la tuya y a la de los demás, que es lo que creo que hace Dios con todos nosotros y lo que, a fin de cuentas, nos enseña a hacer la Iglesia precisamente en este mes.
Los que somos puntillosos y perfeccionistas, además de aguarle la fiesta a los que están a nuestro alrededor, no solemos perdonar un decimal. Si la etiqueta pone que vale ocho con noventa y siete, somos capaces de luchar y pelearnos por los míseros tres céntimos que nos tienen que devolver, y no nos damos cuenta de que lo importante, lo que realmente cuenta, es lo que está a la izquierda de la coma, los ocho euros, por seguir con el ejemplo. Si el Señor hiciera eso conmigo, si me exigiera la perfección hasta la última centésima, ya te digo yo que al cielo no entraba en todos los siglos de los siglos. Si no fuera misericordioso conmigo y me perdonara, como hace siempre, los muchos o pocos decimales de mis pecados, yo no llegaba ni a las puertas del purgatorio (que no sé si tiene puertas o no tiene puertas, la verdad). Afortunadamente, Dios es Dios y me “redondea”: prescinde de mis más o menos y se queda con las unidades de orden superior, es decir, con los euros de amor que Él mismo pone en mi vida. Y algo parecido hace la liturgia de la Iglesia en los dos primeros días de noviembre: con el amor que les sobra a los Santos compensa los desamorcillos que hayan podido tener nuestros difuntos. Que los redondea, vaya.
Y como queda feo hacer el vago y que los otros, después de muerto, tengan que hacer el trabajo por ti, este mes me voy a dedicar a redondearme a mí y a los demás: voy a ver si me olvido de una vez de los decimales, y me centro en esa “unidad de orden superior”, que me da a mí que es otro de los nombres de Dios. Ya te cuento en Navidad los resultados.