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Dios es daltónico total


29 diciembre 2020

Hasta el gorro estarás de los nombrecicos de estos articulillos, pero es precisamente ese modo de captar la realidad lo que desencadena el proceso de escribir la historia o la idea. En simple: primero Dios te regala una frase y luego te toca a ti ir amasando el resto de las palabras para que la mezcla sea homogénea, ligue bien toda ella, sin grumos indigestos, y admita, porque eso siempre le da un sabor característico, alguna referencia al Evangelio y/o a san Francisco de Asís.

En realidad, esta ha sido una homilía en moto, porque la expresión me la ha dado el Señor bajando del convento al entierro de la tía Luisa. Iba de los nervios, porque estaba ya con el casco puesto cuando me han dicho que me tocaba predicar, y resulta que no había preparado nada y faltaba media hora para la misa. Y, de pronto, ¡zas!, el Altísimo mismo me ha dejado caer la idea. No te puedo contar con exactitud la homilía, porque la he improvisado entera en torno a esa ocurrencia venida de lo alto: Dios es daltónico. Dicho sea, con todo el respeto. O, con más precisión, Dios solo ve dos colores, el del amor y el del dolor. Realmente es el mismo color, el color de Dios: Dios creó el amor y no hay amor que no venga de Él, por eso el amor es el color en el que ve Dios. Pero Dios también ve el dolor, porque, desde su punto de vista, allí donde hay dolor Él tiene que poner más amor, para compensar. Es uno y el mismo: donde hay amor Dios lo ve siempre, porque es su color; y donde hay dolor, es decir, necesidad de su amor, pues el Señor “lo da todo” y pone amor para compensar el dolor.

Prueba palpable es la Cruz del Señor. Vista desde abajo, desde donde nosotros miramos, es dolor, dolor injusto y cruel que mata la vida. Pero subes la vista un poquito más, a la altura de los ojos de Cristo, y ya vislumbras ese mogollón de amor que es capaz no solo de morir de amor, sino de morir perdonando a los que te matan. Si subes arriba del todo, y miras las cosas desde donde Dios Padre y Dios Espíritu Santo contemplan la Pasión, lo que hacen es poner una jartá de amor impresionante que vence a fuerza de amor todo el dolor de la misma muerte. Lo llamamos “resurrección”, pero es por abreviar: es una explosión infinita de amor que compensa todo dolor, porque el dolor, incluso el de la muerte, ya te he dicho que no es sino necesidad en cantidad industrial de amor. Por eso es daltónico el pobre Dios, porque ve el amor y remedia su falta.

Bueno, pues eso es lo que me ha inspirado Dios para la homilía del entierro de la tía Luisa. Mucho, mucho dolor, y no te exagero: dos hijos muertos casi en plena juventud, uno de accidente y otro tras penosa enfermedad y duro sufrimiento; dos nueras viudas, cinco nietecillos por criar. Luego su propia enfermedad de los huesos, la responsabilidad de su otra hija y, como clavo final, el deterioro postrero del tío Fidel, su inolvidable y fiel marido, muleta de toda su vida. Y, al lado de tanto dolor, el inmenso amor que siempre prodigó, sin aspaviento alguno, a todos los suyos, marido, hijos, nietos, nueras, hermanas, sobrinos, ahijada, cuñados, cuñadas... Todo eso junto, tanto dolor y tanto amor, es lo que estaba metido en el féretro que todos los presentes, como miembros de la Iglesia, le ofrecíamos al Señor del Amor y del Dolor en el eterno sacramento del amor eucarístico.

No me creas a mí, vale, pero sí a san Juan: tanto amó Dios al mundo, que nos mandó a su Hijo para enseñarnos a ser daltónicos. Y en eso está el Espíritu Santo tras la Resurrección y Ascensión de Cristo: daltonizándonos. Bueno, vale, su trabajo es “santificarnos”, ¿pero acaso no lo es ayudarnos a cambiar el mundo para volverlo todo del color Dios/amor? Lo dicho, tía Luisa, que encima te ha hecho Dios el favor de llamarte a su vera, donde ya estaba tu marido Fidel, el día de san Valentín, el día de los en-amor-dados. Y no, no me he equivocado en la primera “d”: el amor lo da Dios. Porque, si no, no es amor. Ni tampoco es Dios, obviamente. San Francisco, que no nació santo, sino que tuvo que aprender, se pasó un tiempo llorando porque —según él decía, pensando en la Pasión de Cristo— “el Amor no es amado”. Luego ya maduró y dejó las lágrimas: se puso a amar a tope, y se le quedó un cuerpo de Cristo que pa’ qué. Hasta en las mismísimas llagas. Pues tú mismo, hijo: ¡Daltonízate de una vez y déjate de bobadas!