Querida familia: PAZ y BIEN.
1.− El tiempo de Adviento nos ha ofrecido la oportunidad de vivir este tiempo de espera y esperanza, para renovarnos, llenándonos de la novedad de vida que se nos ha regalado. Tiempo para orar como familia, sintiéndonos hijos de Dios, por la paz y la unidad de los pueblos, en este tiempo de incertidumbre. Tiempo de dejar las actividades de las tinieblas para «salir al encuentro del Cristo, que viene, acompañados por las buenas obras» (oración colecta).
Hemos de atrevernos a «soñar con los sueños» de Dios, para seguir manteniendo la esperanza y, para ello, es necesario «ponerse en camino» para vivir «momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza» (cfr. Bula, Spes non confundit, 5).
Para transitar la esperanza es necesario un cambio de actitudes, para que sea posible la fraternidad y la convivencia de la que habla el profeta Isaías: «Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos» (Is 11,6). Ponerse en camino es buscar el sentido de la vida, desde el silencio y el esfuerzo que supone «volver a lo esencial». Se trata de vivir una conversión a la fraternidad mediante un cambio de actitudes: prudencia, sabiduría, consejo, valentía, espíritu de ciencia, honradez y justicia, no violencia y tolerancia (cf. Is 11,2-5).
En los días de Adviento y Navidad se nos anuncian días de alegría y curación, fiestas de gozo y salvación, días de alegría desbordante, porque el Señor visitará a su pueblo. Dios viene siempre por caminos nuevos, inesperados, que nos convierten a la verdadera condición de la humanidad, que nunca es lineal. ¡Y es un Niño!
Como dice Keynes: «cuando se espera lo inevitable, irrumpe lo inesperado». En este marco gozoso del camino de esperanza, que venimos celebrando, deseamos compartir siempre la esperanza que no defrauda.
2.− María es modelo de cómo esperar al Señor, y nuestro mejor modelo de oración, entrega, espera, vigilancia… Ella nos lleva de la mano al encuentro del Salvador. Ella nos da en Navidad al Cordero inocente «que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).
La Virgen es la mujer que abraza, espera, camina y nace porque en su interior hay una espera con sentido, una espera que se llena de esperanza y de cuidado, por eso en este tiempo aprendemos a dejarnos cuidar por Dios y a cuidar como Él: con ternura y «fraternura», con fe y con confianza. La madre de Jesús al regalarnos a su Hijo se realiza un cambio existencial, al invitarnos a ser como ella, la mujer del cuidado real: cuidó la fe, cuidó la esperanza, cuidó la vida.
Dios viene pequeño, frágil y necesitado, tan pequeño que cabe en un vientre, tan vulnerable que necesita ser alimentado, sostenido y abrazado. Dios no solo pide que cuidemos, Él mismo se deja cuidar, poniéndose en manos humanas. La esperanza de María la hace disponible, su cuidado la hace fuerte, por eso el cuidado es el lenguaje de Dios; en el cuidado está el verdadero poder; el que ama cuida y el que ama se deja cuidar. María nos recuerda que Dios actúa en lo pequeño, en lo lento, en lo que no se ve. No vayamos tan rápido en la vida, para que dejemos a Dios el espacio para gestarse dentro de nosotros. Dejemos tiempo para alegrarnos en el Señor, porque Dios está con nosotros.
3.− Jesús es «Dios con nosotros», es el cumplimiento de la esperanza con su venida al mundo. Con Él, Dios se hace presencia e historia en las concretas circunstancias de entonces y de ahora, Dios es el «Emmanuel ῾Dios con nosotrosῃ».
Esto canta el pregón de Navidad: «En este día resuena el gran anuncio del ángel: “¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres que Dios ama!”. ¡Venid, adoremos al Salvador!». Era el esperado de toda la humanidad, hombre como nosotros y presencia visible de Dios invisible, es el «Dios con nosotros». El pregón nos recuerda que hemos de anunciar la Buena Noticia de un Dios que nos cuida siempre. Anunciad a todo el mundo la paz y la alegría. Porque Dios no está lejos de nosotros, celebremos estos días de fiesta desbordante; más allá de las luces de colores, los mantecados y los regalos. Dios se ha hecho niño, se ha hecho pan, palabra, pesebre, pañal, pequeño, se ha hecho Eucaristía para que, a pesar de las dificultades, celebremos la fiesta de la vida. Este niño, que nace entre nosotros, lo hace en pobreza, sencillez y debilidad. Él se hace carne y acampa entre nosotros: pobre, siervo y humilde.
Francisco de Asís llamaba a la Navidad «la fiesta de las fiestas» –con preferencia a las demás solemnidades– y la celebraba con «inefable alegría» (cfr. 2 Celano 199).
4.− Jesús es familia que, como institución universal, está llena de cariño, cuidados, acogida y respeto, que –en medio de los avatares de la vida– es el oasis de amor donde un niño es querido. Al igual que el Niño Jesús es querido como todos los «Jesuses» que nacen y crecen cada día rodeados de «Marías» y «Josés» y muchos más. En medio de las guerras, las violencias, huidas y migraciones, de la hambruna y la pobreza… Jesús es familia. Hoy nuestras familias están llamadas a poner de relieve los valores que de ellas se esperan: la ternura y «fraternura», la compasión, el cuidado, la delicadeza, el respeto mutuo, el sentido común y atención a la diversidad personal y comunitaria. Ella es el modelo de la «Iglesia doméstica».
Familia de Nazaret: haced de nuestras familias lugar de encuentro y comunión, escuela de Evangelio, espacio para crecer en libertad, en respeto, cuidado en el amor y abrazo universal.
Buen Dios: haznos solidarios/as con los migrantes de todos los tiempos para que, revistiéndonos de amor y compasión entrañable, hagamos de nuestros hogares lugares de acogida para los que sufren en nuestra sociedad.
San Francisco y Sta. Clara de Asís: interceded por nosotros/as para que envolvamos la humanidad de Dios en la suave ternura y «fraternura» franciscana que abraza, cuida y sana.
5.− Un año nuevo para orar y trabajar por una Paz amenazada, facilitando el testimonio de un Dios que nos bendice y nos guarda, para que seamos instrumentos de reconciliación. Además, nos toca favorecer el bien común, especialmente a los que quedan en las periferias de los caminos de la historia. No olvidamos de pedir por la paz para aquellos que están sometidos a la dictadura de las guerras, para que el anhelo de paz mueva la conciencia de los que tienen en sus manos decisiones pacificadoras. Que descubramos el rostro de Dios en los signos de la pobreza, de lo pequeño y de lo frágil, para empeñarnos en su cuidado. Que nos presentemos en el mundo como instrumentos de fraternidad, porque así nos sentiremos responsables de ser constructores de Paz y Bien. Si hacemos a lo largo del año «lo que Él nos diga» seguiremos los pasos de Jesús y veremos en María el estilo de cómo se convierte en Madre de Dios y Madre nuestra, Reina y Señora de la Paz.
Nos toca también ir a nuestras calles, barrios, fraternidades y familias, a anunciar el mensaje de Jesús, «Mensajero de la Paz». Comuniquemos en diálogo, con el hombre y la mujer de hoy, la buena y alegre noticia del Evangelio, porque siendo Navidad hay lugar a la esperanza, ¡fuera la desesperanza y que surja la alegría!, en la confianza de que estamos en las buenas manos de Dios, hecho Luz y Fraternidad en camino: «porque Dios se hace hermano de todos los pueblos de la tierra» (Sal 71).
Un gran abrazo de fraternura franciscana, para ser
Instrumentos de Paz y Bien siempre y en todo lugar.
Fray Severino Calderón
Bitácoras