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Peregrinos de Esperanza


13 Enero 2025

Todos los creyentes nos sentimos peregrinos de esperanza, atraídos por una pasión que nos pone en camino, en movimiento e itinerancia, con otras muchas personas de buena voluntad.

El peregrino de la vida está lleno de encuentros con Dios, con uno mismo, con los hermanos, con la hermana madre tierra y naturaleza que nos rodea y acompaña. Muchos encuentros, distintos y entrelazados, en relaciones que nos van trasformando para ver la realidad con nuevos ojos, con mirada esperanzada y con la mirada de la fe que nos ilumina en el trayecto.

Todos somos buscadores que nos ponemos en camino para escuchar el rumor del Espíritu, mirando en el fondo del corazón, para clarificar el itinerario que nos lleve a una vida diferente según el Evangelio.

A Dios se le encuentra allí donde se le busca, saliendo de nuestras situaciones de confort para iniciar caminos desconocidos. Recordando al poeta Luis Rosales: «de noche iremos, de noche, / sin luna iremos, sin luna, / que para encontrar la fuente / solo la sed nos alumbra». La sed es vivir la fe desnuda, desde la «esperanza cierta» de la que nos habla Francisco de Asís (OrSD), la esperanza en aquel que nos guía en el camino.

Los caminos son desafíos a vivir el santo Evangelio, desde el que respondemos a los retos que nos ofrece lo cotidiano: salud, enfermedad, crisis, envejecimiento… El itinerario lo hacemos juntos, convocados como Pueblo de Dios en marcha, en salida; como Iglesia sinodal que camina haciendo comunión y cuerpo, para que juntos podamos avanzar con esperanza, para ir superando riesgos y buscar los apoyos necesarios que nos fortalezcan, como peregrinos acompañados.

Los encuentros con los peregrinos nos llenan de una alegría inmensa y entrañable; nos descubren algo que no nos imaginábamos y que nos llena de nuevas intuiciones y posibilidades; nos devuelven la alegría salvadora que nos hace testigos de la verdad para vivir «en verdad».
La fiesta del encuentro nos lleva a la tierra de siempre con una mirada distinta: «mirar la vida con otros ojos»; los ojos de encuentro vivido en fraternidad de enviados como misioneros itinerantes, «anunciando lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20).
Regresamos a la tarea,
reiniciando proyectos y misiones que teníamos olvidados.

En el camino nos alimentamos de nueva sinodalidad y
con una férrea esperanza, cantando con el salmista:

«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Sal 125)

… peregrinamos con la «esperanza que no defrauda» (Rom 5,5)

al estar fundamentada en la certeza de que nada 
ni nadie nos separará nunca del amor de Dios (cf. Rom 8,35-39).
 

Fray Severino Calderón Martínez, ofm