La plaza de San Pedro está vacía, los palomas zurean sobre los adoquines, el viento es agradable. El ambiente es de alivio y doliente de presencia. Esta mañana aquí, en la ciudad del mundo, en el corazón de la ciudad se ha celebrado la Santa Misa Exequial por el Papa Francisco.
Aquí, hace apenas una semana, el domingo de pascua, él impartía la bendición “urbi et orbi” y, como en un último abrazo a los fieles, los saludaba en un breve paseo por la plaza, intuyendo quizás la cercanía de su tránsito, que celebraría en la amanecida del día siguiente, lunes de pascua.
Aquí esta mañana estaban los mandatarios de los pueblos, los poderosos y los sometidos; estaban también los descartados de este tiempo, los enfermos y los pobres. Estaban también peregrinos, curiosos, devotos, extranjeros y romanos. Estaba también la Iglesia, en su multiplicidad de carismas y ministerios. Aquí estaba el mundo para unirse en torno al Obispo de la ciudad de Roma, que ha sido llamado al último viaje hacia la pascua eterna.
Aquí, en vivo o como si en presencia se hallase gracias a los medios y a las redes, de toda nación, lengua, raza y nación, se elevaba un himno de esperanza por aquél que dio esperanza a las gentes, que miraba a los ojos y nos hacía mirar hacia otros ojos, hacia los de Aquél, que fue su amor y su esperanza: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo” (Mt 16,16).
El bronce de las campanas, el acento de los cantos, la sal de los llantos, el beso de las risas, el rezo de los salmos, la fuerza de la Palabra, el consuelo del silencio, el arcoíris de vestidos, el sol y sombra del cielo, el arco de las intenciones, los dibujos de las sonrisas, la colección de sufrimientos… todo era de todos porque Francisco “se hizo todo a todos para ganar algunos” (1Cor 9,22).
La liturgia con la noble sencillez romana, como bálsamo de misericordia fue llenando de gestos y ritos, oraciones y palabras, de silencios y recuerdos la mañana pascual con la resurrección de Cristo. El presidente, el Cardenal Giovanni Battista Re, en una homilía clara, profunda y bordada de recuerdos entrañables y engastada de perlas de esperanza, dio gracias e hizo memoria por el Papa Francisco, aquél que como sucesor del apóstol Pedro tuvo que responder tantas veces la pregunta del Maestro: “¿Pedro, me amas?” (Jn 21,15-21).
El Cardenal desgranó sus respuestas, como religioso jesuita y arzobispo de Buenos Aires cercano a los barrios, como Papa que quiso llamarse Francisco para no olvidar a los pobres, que viajó a las periferias del mar y de las fronteras de los pueblos, para aprender evangélicamente la sabiduría del sufrimiento. Intentó siempre zurcir este mundo rasgado por viejas y nuevas guerras, ajado por la crisis climática. Abrazó a la humanidad, a cada hombre y mujer en este cambio de época, generación que pasó por la pandemia sin aprender de su profético mensaje: “ninguno se salva solo”. Amó tanto a la Iglesia que hizo de su ministerio una catequesis sinodal, un taller artesano de comunión, una escuela de ecumenismo, un testimonio de diálogo religioso… Porque quería una Iglesia en salida misionera, en conversión pastoral, evangélicamente alegre, quería que la Iglesia fuera Iglesia, comunidad, familia, casa, hospital… Iglesia.
En cada homilía, discurso, ángelus o encuentro repetía: “No se olviden de rezar por mí”.
El Cardenal Re, anudando su homilía, se hacía voz de la plaza, de la ciudad y del mundo; le rogaba:
“Querido Papa Francisco, ahora te pedimos a ti que reces por nosotros y que desde el cielo bendigas a la Iglesia, bendigas a Roma, bendigas al mundo entero, como hiciste el pasado domingo desde el balcón de esta Basílica en un último abrazo con todo el Pueblo de Dios, pero idealmente también con la humanidad que busca la verdad con corazón sincero y mantiene en alto la antorcha de la esperanza.”
Alimentada la esperanza por la fuerza de la eucaristía, banquete de la Pascua, volvieron los himnos y las letanías, los ritos y saludos de despedida. Pero el Papa Francisco quiso esperar la resurrección a los pies de María, invocada en la ciudad con el hermoso título Salus Populi Romani. En la última etapa de su peregrinar, arropado de nuevo por la gentes, entre aplausos y banderas, lágrimas y rezos, gracias y vítores atravesó Roma para llegar por fin, rodeado de pobres, sus amigos, a la Casa de la Madre a la Basílica de Santa María la Mayor.
Allí, junto a María, la Inmaculada Toda Santa, por fin duerme en paz, pasando por la hermana muerte, para despertar en Cristo nuestra Pascua en compañía de los santos.
Aquí y ahora, hay que enjugar las lágrimas, guardar pañuelos de recuerdos, anotar enseñanzas, escribir tareas de fe, esperanza y caridad.
Aquí y ahora, hay que rezar por la Iglesia para que Cristo encuentre aquel hombre con olor a oveja que reciba sobre sus hombros una misión: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16,18).
¡No te olvides, querido Papa Francisco, reza por nosotros!
Fray Vidal Rodríguez López
Bitácoras