La del alba sería del Lunes de Pascua. Llegó temprano, a él le gustaba madrugar. Encontró la puerta entreabierta, la puerta de cielo no se cierra nunca. Venía andando, por fin sin la silla de ruedas. Caminaba despacio, con la compañía de su frágil cadera. Respiraba lento, sin el oxígeno reciente, pero con el silbo de su pulmón menguado.
El Papa Francisco llegaba solo, con sus zapatos gastados de pasos, con las gafas de siempre, los bolsillos vacíos pero con su maleta ajada de cuero negra… En ella llevaba siempre el breviario y un pañuelo, el rosario y el libro “Historia de un alma” de Santa Teresita del Niño Jesús, que releía a diario. En el corazón de su memoria, otro texto: los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
Ha llegado solo, dejándonos solos, en esa orfandad espiritual de un mundo a la deriva en esta barca de la humanidad. Durante la pandemia dejó escrita en la arena de San Pedro: “ninguno se salva sólo”. Se asomó a aquella plaza como un Papa llegado de lejos, pidiendo la bendición del pueblo para el Obispo de Roma, antes de bendecir a la ciudad y al mundo. Ahora desde el balcón del Reino de los Cielos sigue bendiciendo a las gentes, de toda raza y lengua, pueblo, nación y religión.
Aquel chico estudioso de Buenos Aires, ese joven jesuita inquieto, el profesor magnífico del Colegio Máximo, el Provincial honesto durante la dictadura, el arzobispo que celebraba en las villas de chabolas, el cardenal que veía la Iglesia desde las periferias, hoy ha entrado en el Reino de los Cielos.
El Papa que quería una Iglesia “pobre y de los pobres”, una comunidad “en salida”, unos cristianos alegres “discípulos-misioneros”, unos jóvenes que “hagan lío”, unos matrimonios “haciendo eternamente las paces”, unos consagrados “apasionados”, unos sacerdotes “con olor a oveja”…
El Papa de fe serena que quiso llamarse Francisco, como Francisco de Asís, para contemplar el mundo desde las cunetas, para mirar a los pobres a los ojos, para acercarse a los que llegan en pateras.
El Papa de esperanza cierta que mendigaba la paz a los poderosos, sin miedo a mancharse las manos; que hizo intentos para dar su sitio a la mujer también en la Iglesia, para buscar el “bien posible” en cada relación, ocasión y momento, para reformar una Curia siempre imperfecta.
El Papa de caridad sincera para unir religiones en esa oración coral de una humanidad nueva que cuide el planeta, como “casa común”, para acercarse a los demás con esa “proximidad samaritana”, con signos de ternura, con la gramática de la compasión y el idioma de la cercanía, en este “cambio de época”.
Ahora ha llegado al norte de su peregrinar, a Cristo, nuestra Pascua. Hacia ella caminó guiado por cuatro ejes claros: “el tiempo es superior al conflicto, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea y el todo es superior a la parte”, con la brújula del Evangelio, en la barca de la Iglesia, abrazando como pastor a todos como Dios, el Buen Pastor, quiere abrazarnos.
Al cruzar el umbral del cielo, al ver a María, se alegró su rostro, alargó la mano, como lo hacía ante su imagen del Luján argentino, del icono romano de Santa María la Mayor, de la estampa gastada de la Virgen “desatanudos” de los creyentes sencillos… y su mano sintió que no era de madera, ni escayola, tampoco de papel…
Su mano tocó a María, como aquella mujer nueva, vestida de sol, coronada de estrellas… En los ojos de la Madre de Dios vio espejarse el rostro de Cristo Resucitado y al volverse y ver a Jesucristo sólo pudo decir llorando de alegría, como una vez el apóstol Pedro, lo que siempre Jorge Mario Bergoglio dijo como Francisco:
“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16).
Y Cristo alargando los brazos de misericordia dijo:
“Miserando atque eligendo”…
Te veo con misericordia y te llamo.
¡Gracias, Papa Francisco, por tanto bien!
¡Bendícenos desde cielo con la paz de Cristo Resucitado!
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras