La pared rayada con mil lápices ocres. Arañazos de furia del agua. Desgarros horizontales de una ola de fango que entró sin permiso en el pueblo, en la casa y en el alma, sin freno, ni brida, con prisas. La riada llegó como un jinete de guerra al galope, un caballo desbocado en un mar sin espuma ni aviso ni luna.
La lluvia del agua tenía hambre y sedienta se llevó personas, enseres, recuerdos… Dolor da recordar ver cómo embarcaba sin billete vidas y haciendas, tiendas y huertas por la calle hecha rambla. Desalmada jornada donde los cielos abrieron sus silos, las nubes sus grifos, las bocas los gritos. Como siempre, hoy más que nunca:
“nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar…”[1]
Las casas, vaciadas a la fuerza, ahora tienen un eco sordo de duelo por los muertos, llevados sin adiós a los cielos. El corazón quiere rezar y no puede. El alma bisbisea un responsorio al menos, porque el llanto ahoga las palabras.
Son tantas las preguntas repetidas: ¿Por qué no se avisó a tiempo? ¿Se podía evitar? ¿Qué se hizo y qué se dejó de hacer? ¿Quién tiene la culpa? ¿Por qué a nosotros? ¿Quién falta? ¿Qué más nos puede pasar? ¿Y ahora?
Las preguntas rebotan en el agua sucia y resuenan en las casas desnudadas. También el alma desoye interrogantes porque busca respuestas de puro desconsuelo: “En Ramá se oyen lamentos, llantos de amargura: es Raquel que llora a sus hijos; no quiere ser consolada, porque ya no existen” (Jer 31,15)
Desde entonces el grito mudo de muchos sube a los cielos, donde algunos han desahuciado como desconocido a Dios, y pregunta: ¿Dónde estabas Señor? ¿Dónde estás Dios mío?
El Padre calla, porque sólo tiene una palabra:
“Porque en darnos, como nos dio, a su Hijo, que es Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra y no tiene más que hablar”[2].
El Hijo clama desde las aguas celestes, en ese presente eterno de la pascua: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mt 27,46)… Y el Espíritu viene en nuestra ayuda y nos hace clamar Padre (Rom 8,15.26)… ¿Dónde estabas Señor, dónde?
Dios dice y hace a un tiempo, crea y salva, perdona y abraza. Dios está muriendo en una cruz para dar vida a los que murieron. Dios está abriendo de par en par las puertas del Reino de los cielos que se llena, de golpe, al improviso “porque es eterna su misericordia (Salmo 117)”. Dios está abrazando a los que sufren, avivando la poca fe que nos queda, alentando la esperanza tan rota, animando la caridad deshojada. Dios está llamando bienaventurados a los hundidos, a los que sufren, a los olvidados de esta hora, a los que en buena hora su Hijo llamó bienaventurados: los mansos, los que lloran, los hambrientos, los misericordiosos, los limpios, los pacíficos, los perseguidos por el nombre de Cristo.
Cuando todo se ha perdido y no se tiene ni lápiz ni papel para escribir, la fe sirve de tinta y la esperanza de cuaderno. Un niño, con la rama de un árbol como brocha, con el barro por tinta escribió en un muro de la ciudad lavada por la DANA:
Bienaventurado el que salvó mi vida, arriesgando la suya.
Bienaventurado quién me dio de beber, porque secó mis lágrimas.
Bienaventurado aquel que me dio una galleta, porque tenía hambre.
Bienaventurados los que achicaron agua de casa, porque hacía frío.
Bienaventurados los que limpiaron barro de mi calle, podemos jugar.
Bienaventurados los brazos que me abrazaron, porque estaba solo.
Bienaventurados los que rezaron por mí, porque estaba perdido.
Bienaventurados los que ayudaron, porque merecen un beso.
Los pequeños, porque son bienaventurados, tienen la fantasía de la verdad. La verdad de lo pequeño es lo que nos salva. La fe de un grano de mostaza, la esperanza de una pizca de levadura, la caridad de un pellizco de sal. En estos días de desolación, drama y abandonos, hay muchos gestos pequeños que, como nuevos sacramentos, están haciendo los grandes milagros de la vida.
Es un milagro que sigamos vivos, que sigamos creyendo, esperando, amando… La vida es un milagro bienaventurado que necesita de la compasión sincera, del consuelo cercano, de la ayuda cierta, concreta, verdadera. La vida necesita del Dios de la vida. Nosotros necesitamos de Dios, porque nos necesitamos unos a otros.
La lluvia se llevó proyectos, el agua inundó sueños, el lodo arrastró memorias, pero seguimos tirándonos barro, disparando culpas, retardando ayudas, aprovechando el caos, enfrentando frentes… ¿Hasta cuándo?
Cuando el hombre sea hombre para el hombre, cuando el otro sea hermano y el enemigo sea vecino, cuando el inmigrante sea persona, cuando los pobres sean bienaventurados; entonces el mundo será casa y la creación parábola del Reino de los Cielos, y Dios será todo en todas las criaturas.
Entonces la verdad, el bien y la belleza se escribirán con caligrafía de niño, con la gramática de generosidad de joven, con el pentagrama de la madurez de adulto y partitura de sabiduría de anciano… porque todos somos del mismo barro y todos únicos en manos del alfarero divino.
Ni el agua del diluvio, ni el barro de Babel, ni las plagas de Egipto consiguen desterrar el pecado de la desunión, la desconfianza y la mentira. La compasión samaritana, la proximidad verónica, el sermón de las bienaventuranzas son el mejor jabón para el perdón de los pecados.
Señor Jesús, te rogamos que estés siempre cerca de tu pueblo,
resucitando a los muertos, consolando a los que sufren,
ayudando a los que ayudan,
perdonando a todos los que perdonan en tu nombre.
Señor, que tu Madre, con el dulce nombre de Guadalupe,
enjuague lágrimas, ampare desamparos, consuele desconsuelos,
y nos oriente a buscarte, a caminar unidos hacia ti.“Como a la cierva que busca corriente de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío (Salmo 41).”
Amén.
[1] Jorge Manrique, Coplas a la muerte del Infante Don Manuel, I.
[2] San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, Libro 2, cap. 22, n 3.
Bitácoras