III domingo de adviento, 11 de diciembre 2022
La diana de nieblas matutinas, como los sueños incumplidos, se mezcla con el humo del fuego escondido en los braseros de las casas. Las ciervas, como los heridos de guerra, buscan corrientes de agua (Sal 41,2), huidizas de las saetas de plomo de los monteros. Las castañas custodian su calor en el papel de estraza, celosas de sí mismas; como los pobres sin remedio ni remiendo envueltos en periódicos de noticias ajenas.
El fuego es azote en verano y querencia en invierno. Es amor en los ojos y hielo en los odios. Es rescoldo que enciende y ceniza apagada. El fuego es brasa de palabra prendida por lumbres de profetas, pavesas de promesas de pan en un horno de leña, calor de hogar en la Iglesia encendida por adviento nuevo.
Sí, otro adviento, “porque todo es igual y tú lo sabes”. Un adviento nuevo, “porque siempre mañana y nunca mañanamos”. Un adviento único, ¿por qué?: porque “al mirar hacia arriba, vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares, las ventanas, -sí, todas las ventanas-. Gracias, Señor, la casa está encendida.”[1]
Sí, gracias Señor, La Iglesia está encendida, porque el fuego del adviento es pabilo que enciende el cirio de cera de la fe; la mecha que explota cargas de pólvora de esperanza en las noches sin sueño; la torcida que alumbra titilante en el candil gratuito de la caridad tentada de apagarse.
Un adviento con fuego, es un carbón que tizna con letras los muros del pueblo que llamamos mundo; que dibuja imágenes en la pantallas en que nos enredan enredando, y escriba con tinta viola, con lápiz malva, con pincel añil que Dios ha venido, viene y vendrá…
El adviento es un fuego que quisiera herrarnos, besándonos con hierro candente la piel del alma humana una esperanza en llamas, con letras claras y simpleza llana: “¡Maranathá!” ¡El Señor viene!(1Cor, 16,22).
Porque el adviento es celebrar el sol de una zarza ardiendo (Ex 2,3-4), la luz sin ser luz del precursor penitente (Jn 1, 6-8), el misterio grávido de una virgen grávida (Lc 1,34), la bienaventuranza de una anciana encita (Lc 1,36); porque Dios mantiene indeleble, tatuado en la memoria de misericordia eterna, el nombre de esta humanidad, de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 5,9)…“Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada.” (Is 49,16)
El fuego del adviento de una Iglesia de ventanas encendidas, es un centinela en vilo que espera con la mesa puesta, limpia de las levaduras del pecado, viejo o nuevo, al Hijo de Dios; con un presentimiento íntimo que aguarda impenitente sin dejar enfriar las esperanzas.
Loado seas mi Señor por el adviento de fuego, por esa divina inquietud con que una comunidad aventa con Espíritu los rescoldos tibios de la duda.
“Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche, y es bello y alegre y robusto y fuerte…”[2] Loado seas por el fuego del adviento, un pueblo que sopla con el fuelle de la Palabra las heridas del humano vivir, a menudo deshumanizado.
Un fuego de adviento para un adviento de fuego…“¡Cristo viene!” En fin, un adviento de elementos para un adviento elemental: “¡Maranathá!”
[1]Son versos tomados de Luis Rosales, La Casa encendida.
[2] San Francisco de Asís, Cántico del hermano Sol, 8.
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras