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Una tierra de adviento para un adviento de tierra


03 diciembre 2022

II domingo de adviento, 4 diciembre 2022. 

Los olivos miran con luz de ojos negros la tierra que no besarán sus frutos destinados a la muela del molino. Las encinas sueltan las plomadas verdes de bellotas sobre el pardo suelo. Las vides liberan sus hojas rojas al viento que las deshace, envuelve y duerme en la estameña del terreno del otoño. 

Las aceitunas endulzan su carne con las nieblas de orégano. Las bellotas afilan su alma harinosa con los fríos de picón. Las uvas pasas arrugan su piel deshidratadas por los hielos de la matanza.  La tierra nos contiene, sustenta y alimenta. El suelo nos tiene, mece y abastece. Los terrenos nos anclan, sujetan y enraízan. 

El adviento es el humus de tierra de la liturgia, el mantillo fértil de la Iglesia, el abono teológico del espíritu. Sin humus no hay olivas, sin mantillo no hay bellotas, sin abono no hay uvas, ni sangre de racimos… Sin adviento tampoco hay Mesías para este siglo XXI. 

Los advientos son desiertos de profetas peregrinos enzarzados, dehesas de patriarcas emigrados de patrias paternas; campiñas de viñadores injertadas de promesas.

Los advientos son olivares de braceros bramantes de jornales de gloria, prados de pastores vigilantes de imaginarias de noches al raso; huertos de ríos jordanos de voces bautistas que aclaman y cantan: “allanad, allanad los caminos, que viene el Señor” (Mt 3,1-12).

El adviento es tierra, suelo y terreno; es camino, cruce y sendero; es cuesta, vereda, puerto. El adviento es un volcán de magma, una lengua de lava, un Mesías que llama a la aldaba del alma… y entra en la interior bodega del corazón de una joven doncella nazarena que dice el sí más sincero de los todos los advientos de todos los tiempos. 

El adviento es arena de albero, grava de río, pizarra de sierra, mármol de cantera, granito de berrocal; porque la esperanza del adviento es fina como la arena, flexible como la grava, brillante como la pizarra, gastado como el mármol, fuerte como el granito… El adviento tiene el color de carne, de la tierra del hombre y de su espera.   

El adviento es hermano de “La hermana madre tierra, que es toda bendición, la hermana madre tierra, que da en toda ocasión, las hierbas y los frutos y flores de color, y nos sustenta y rige: ¡Loado mí Señor!”[1] 

En fin, una tierra de adviento, para un adviento de tierra. Un adviento de elementos, para un adviento elemental… 

¡Loado seas mí Señor, por este adviento nuevo! 

Fray Vidal Rodríguez López ofm    

[1] San Francisco de Asís, Cántico al hermano Sol, 9.