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Un agua de adviento para un adviento de aguas


26 noviembre 2022

I domingo de adviento, 27 de noviembre 2022

Los castaños menudean rezos de lluvias. Sus erizos trufados de fruto destilan el agua racionada de este otoño de sol secante. Los olivos a mala pena sudan aceite en las olivas menguadas tras lunas de secano. El cielo parece cosido como un odre pobre de lágrimas, sin abasto de nubes ni provisión de aguas…

Hace unos días, ya con los montes llovidos de castañas, el cielo destiló aguas nuevas. Los tejados se esponjaron de verdín, las sierras estrenaron nubes, los regatos volvieron a correr por las mejillas de las laderas, encharcando dehesas y prados. 

El agua esconde un mar en una gota, ofrece un pozo en una lágrima, regala vida dando la vida a los campos. El hombre mercadea con el agua, embotellando botijos, malvendiendo agua de pantanos a cambio de luz usurera, malgastando recursos y fuentes. 

El agua siempre vence al hombre: abriendo goteras en los tejados, llorando en los ojos cerrados, manando en la sangre de un costado (Jn 19,34)…  

El hombre siempre pierde frente al agua: se moja bajo un paraguas, trabaja a pérdidas comerciando con contadores de cuentagotas, se lamenta cuando el agua vindica su derecho de paso en sus lechos edificados. 

El agua vence, el hombre pierde y el adviento crece. El adviento llega como una victoria de aguas, derrotando desesperanzas. Rindiendo vasallaje a los profetas, confiados Quijotes, que ven lluvias en cielos desnudos de nubes. Lavando las legañas en los Sanchos cegados que no ven gigantes en los molinos de viento. Saciando sedientos, pedigüeños de sueños que lluevan la dulzura melosa de la promesa, del Mesías:

“Rorate Caeli desúper et nubes plúant justum” (¡Cielos lloved vuestra dulzura, ábrete tierra, haz germinar al Salvador!) [1]

El adviento rompe aguas este domingo. Llega anegando de esperanza esta generación distraída de Dios, embelesada del móvil, conectada a la red pero alérgica al compromiso. 

El adviento nos lava la cara con agua de fe y jabón de misericordia, para madrugar, para esperar un Dios que no se encuentra en internet. Nos invita a comprar agua de balde, esa que no se mercadea en los centros comerciales, sino que bombea en las periferias del humano vivir y creer, dar y esperar, sufrir y amar.  

En el adviento nos llueve un Dios que siempre encuentra a quien le busca, rebuscando castañas, rezando besos, regalando versos. Un Dios de adviento que empapa a quien se moja secando lágrimas en las caras de los niños. Un adviento de agua de Dios, que se bebe a sorbos, como agua de pozo, leyendo despacito la Palabra. 

El adviento es una mujer, María; plena de gracia, llena de lluvia, encinta del Mesías, henchida de esperanzas, bendita de bendición de este bendito adviento de aguas… la hermana agua “preciosa, humilde y casta”[2], de adviento. En fin, adviento de elementos, para un adviento elemental.   

Fray Vidal Rodríguez López ofm  

[1] Antífona de Adviento, inspirada en el Profeta Isaías 45,8, según la traducción de la Vulgata de San Jerónimo.

[2] San Francisco de Asís, Cántico al hermano Sol, 7.