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Cita en Zaragoza


13 diciembre 2023
Cita en Zaragoza

Rezan nuestras crónicas más antiguas que, cuando el hermano Francisco sentía nostalgia y ardía en caridad por los otros hermanos que había enviado a sembrar el evangelio de Jesucristo, con el sólo anhelo —y la fuerza de lo alto, claro— volvía a reunirlos donde él estaba y, juntos, se solazaban comunicándose las peripecias y los signos que acompañaban su itinerancia e incluso las breves pláticas dirigidas al pueblo sencillo en las plazas y en las iglesias. Pues lo mismo sentimos los hermanos reunidos en Zaragoza el lunes 11 de diciembre, a los pies del Pilar, cuando todavía paladeábamos la sabrosa meditación de la Pura y Limpia concepción de la Virgen, por la que batallaron largamente antepasados nuestros hasta ver esclarecido el dogma en 1854.

La Fraternidad Santa María de Jesús, en Zaragoza, acogía en sus modernas instalaciones —junto a la parroquia Jesús Maestro y el colegio La Purísima y San Antonio, también recién estrenados— a doce frailes de san Francisco provenientes de las Fraternidades de Barcelona, Sabadell, Teruel y Madrid, residencia del definidor de Zona. Se trataba de vernos y desvelarnos, escucharnos atentamente, conocernos mejor, caldear los espíritus y alabar al Señor, que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza. Y, en obediencia cortés, seguimos los guiones, sí; aunque con una libertad atrevida de quien se siente empujado por un fuego hondo. De ahí que, después de saludarnos, hacer memoria de los más enfermos y ancianos, y de los que, viviendo en Roma, ven (casi) imposible acudir a estas citas, entonamos himnos, antífonas y salmos de Adviento hilvanados por el seráfico padre en su “Oficio de la Pasión”.

Al estar festejando los ochocientos años de la aprobación definitiva de la Regla de los Frailes Menores —el 29 de noviembre de 1223 con bula del papa Honorio III— y de la Misa de Medianoche que organizó san Francisco el 24 de diciembre del mismo año en el castro de Greccio, era obligado compartir cómo habíamos estudiado, qué habíamos aprendido y de qué manera dimos a conocer nuestra singular forma de vida. Se oyeron voces muy sinceras y confesiones veraces, sin afeites ni remilgos, tomándonos el pulso vital: unos otoñales, otros desvaídos, alguno mortecino, otros granados, muchos en alerta de vigía. Es necesario, entonces, seguir rogando al cielo que al viejo tronco de Jesé le broten retoños, promesa de futuro más cierto.

Lo de Greccio tiene otro tono y repercusión social. Quizás nos falte un golpe rotundo y profesional para darle eco mediático, aunque tanto la Santa Sede como el belenismo internacional están cooperando a que se conozca el origen de este admirabile signum, tan querido por el pueblo cristiano. A ver si con mejor tino lo propagamos y, ante todo, lo encaramos para asimilar su secreto.

Después de más de dos horas en este sabio ejercicio —en el que también aliñamos quejas y puntos sobre las íes—, se comprobó que estábamos a gusto y que había acuerdo en señalar incluso las debilidades y mentirijillas, que el Señor “Dios-con-nosotros” estaba en medio del corro y nos daba a probar de su alegría honda y perdurable. Con las mismas, después fuimos charlando tranquilamente a un restaurante modesto de la barriada; hicimos memoria de aquellos frailes que llegaron a esta orilla del Ebro, un erial alfombrado de pobreza y analfabetismo; y alargamos en el almuerzo fraterno el don que Dios Altísimo nos había proporcionado este cálido día de diciembre. Luego, agradecidos a los anfitriones, nos despedimos, carretera y manta, para volver a las tareas cotidianas y proseguir, allí donde nos han destinado, el itinerario de la Regla y Vida que prometimos hace ya muchos años. Pero esperamos acudir a la próxima cita y seguir estrechando esta cuerda con nudos, afable y fraternal, que nos une.

Antes de avistar el palacio de la Aljafería que te acerca a la estación de Delicias, el Ebro corre manso y callado; pareciera musitar una Salve a nuestra Señora, a la que se unen el coro de los hermanos en diferentes lenguas, pero a una sola voz.

Fray Antonio Arévalo Sánchez, OFM  

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