Inmaculada Concepción. Patrona de España, de la Familia Franciscana y de la Provincia
En el mes sexto, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
Lectura del Evangelio según San Lucas Lc 1,26-38
El dogma: texto, historia y meditación
1.- El 8 de diciembre de 1854 el papa Pío IX declara el dogma y establece la fiesta de la Inmaculada Concepción: «Declaramos que la doctrina que dice que María fue concebida sin pecado original es doctrina revelada por Dios y que a todos obliga a creerla como dogma de fe». – Sin embargo, María, por el hecho de ser mujer, participa de la naturaleza pecadora humana. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman la participación de todo ser humano en el pecado de Adán: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). «Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… […] Lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos» (Rom 5, 12.18). Sólo hay una excepción: Jesucristo: «Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él» (2Co 5, 21); «Ahora bien, la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor» (Rm 5, 20-21).
2.- El beato Duns Escoto piensa que la afirmación de que todos hemos sido hechos pecado para que todos necesitáramos la gracia de Jesucristo para salvarnos (Rom 5,12), proviene de que Cristo es un mediador perfecto, al ser perfecto Dios y perfecto hombre. Por consiguiente, la mediación para la salvación debe cubrir todos los campos posibles para que la redención alcance toda la realidad y supere toda posibilidad de salvación de cualquier otro mediador. Esto se alcanza cuando, no sólo libera del pecado, sino también es capaz de preservar a una persona de él. Es lo que sucedió con su Madre. Jesucristo preservó a María de toda mancha original y así ejerció la mediación universal de la salvación más perfecta posible, ya que es más fácil reconducir a un pecador a Dios que impedir que una persona pueda ofender a Dios y separarse de Él; es más fácil liberar del pecado actual que crear la misma imposibilidad de pecar; y se agradecerá más a Jesucristo su acción sobre María, su Madre, porque ha mostrado su mediación en el más alto grado, ratificando su capacidad infinita de salvación.
3.- María, como hemos escuchado en el Evangelio, es la «llena de gracia», porque el hijo que va a dar a luz y concebido por el Espíritu es la fuente de su «gracia». Maria recibe a Jesús por fe, porque se ha fiado del Dios y ha cumplido su voluntad. Y con amor lo acoge, lo educa con José y lo entrega al mundo. Los cristianos seguimos la estela de María: acogemos a Jesús por fe, lo vamos haciendo nuestro a lo largo de nuestra vida cuando somos coherentes con nuestra vocación de amor a los demás, y somos capaces de marginar el pecado cuando nuestra vida se transforma en servicio. Y María es el camino que debemos recorrer por el poder mediador de su Hijo para llegar a la patria celeste.
4.- En el Evangelio de la fiesta el ángel saluda a María en estos términos: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (1,28). Se abre la visita con una invitación a la alegría. Chaire, además de significar el saludo convencional «salve», como de hecho lo usan Mateo (26,49; 27,29) y Marcos (15,18), Lucas le da una significación más intensa. Es la alegría que se solicita de Sión por la salvación que Dios le va a conceder en los tiempos finales: «¡Alégrate, ciudad de Sión; lanza vítores, Israel; festéjalo exultante, Jerusalén capital!» (Sof 3,14). Este júbilo se centra en María, porque a ella se encaminan las máximas aspiraciones de Israel. Y Lucas lo expande en los acontecimientos que adornan el nacimiento: Juan salta de gozo en el seno de Isabel (1,44); el mensaje de los ángeles a los pastores está transido por la dicha del nacimiento de Jesús (12,10), y María canta en la respuesta al saludo de Isabel: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, mi espíritu festeja a Dios mi salvador» (1,46 47).
5.- Dios ha elegido a María por su libre voluntad. Pero si hay alguna virtud en la que posiblemente Dios se haya fijado en María, es la humildad, es decir, la capacidad de dejar de ser ella para hacerse receptora de la relación de amor de Dios. María es como su Hijo, que dejó la gloria para hacerse un hombre como nosotros (cf Jn 1,14; Flp 2,1-9), y como expresión del amor de Dios a los hombres: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17). La actitud humilde de María la canta ella misma en el «Magnificat»: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lucas 1, 46-48). María es imagen y modelo de la Iglesia, que vive de Dios, recibe a Jesús por fe Jesús y por amor lo forma y lo ofrece a los hombres. Como dice San Francisco: «Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien. Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya. Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya y todas vosotras, santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios» (SVM).
6.- María sabe ya que es de Dios. Dos preguntas dan pie a explicitar su papel dentro del plan de salvación que Dios tiene preparado para la humanidad: Turbación emocional y racional inquisitiva: «Al oírlo [a Gabriel], ella se turbó y discurría qué saludo era aquel» (Lc 1,29), y posibilidad de ser madre: «¿Cómo sucederá eso si no convivo con un varón?» (1,34). Respondiendo a estas dos preguntas Gabriel le anuncia su misión. La primera información dice de quién va a ser madre. Manifestada su pertenencia a Dios, «gozas del favor de Dios» (1,30), se le dice que será madre de un niño con todas las características mesiánicas atribuidas a la casa de David (cf. 1Sam 7,12 16) y de clara procedencia divina, por ser «grande» (Sal 77,14) e «Hijo del Altísimo» (Gén 14,18 20.22). María le pondrá el nombre Jesús y con la imposición del nombre viene la responsabilidad de hacerlo hombre. No termina su misión con la acción de parir, sino que, viviendo en el espacio y el tiempo, la labor encomendada debe llevarla a cabo hasta el final, es decir, hasta que Jesús sea una persona autónoma. Lucas lo recalca dos veces: «Jesús progresaba en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los hombres» (Lc 2,40.52).
Fray Francisco Martínez Fresneda
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